Reflexionar sobre nuestra conducta nos ayuda a despertar la actitud de agradecimiento, que siempre nos lleva a la alegría y nos llena de paz.
El marco de referencia para examinarnos es celebrar el amor de Dios en nuestra vida y el encuentro con los otros. Entran todos los aspectos o matices de nuestro diario vivir: incluye lo interior y lo exterior; se ve lo que hemos hecho bien y las cosas que nos dividen el corazón o nos inquietan.
El examen cotidiano es una práctica que se remonta a la cultura griega y que continúa a lo largo de las distintas etapas de la historia. Podemos seguir diferentes criterios, pero necesitamos hacerlo para reconocer nuestra vocación, valorarnos y aceptarnos.
La falta de examen nos lleva a la rutina, a la indiferencia frente al otro, a la manipulación, a la desorientación y a la pérdida de ideales por los que entregar la vida. Por el contrario, la reflexión en el examen cotidiano es una fuente de alegría, pues vemos que predomina lo bueno y el deseo de vivir en la verdad, según nuestra dignidad y grandeza. Conozcamos algunos de los frutos del examen cotidiano.
En forma continua estamos rodeados de tentaciones que intentan dividirnos el corazón. La sociedad de consumo, la desesperanza, la ociosidad, la sensualidad, la abulia… con suma facilidad se enquistan como “la polilla” en los pensamientos y sentimientos. Solo la vigilancia y la sinceridad nos ayudan a salir de este estado de anemia psicológica y espiritual, que fácilmente contagiamos a nuestro entorno. El examen requiere poner nuestra vida a la luz del ideal que nos proponemos, según el plan amoroso de Dios. Nuestro testimonio, buscando la autenticidad, anima a los otros a proponerse el cambio y dejarse acompañar con humildad.
Conocer nuestro “yo” y aceptarnos para orientarnos hacia la superación nos da la posibilidad de ser compasivos con el prójimo. La intransigencia, las acusaciones infundadas, el juzgar y condenar a los demás son un indicador de la falta de conocimiento personal o de estar encerrados sobre nosotros mismos, sin referencia. El examen nos ayuda a abrirnos a la mirada cariñosa de Dios. Esta experiencia de bondad que percibimos nos conduce a aceptar a los demás de la misma manera. La actitud agradecida nos permite descubrir que los otros son un don para nuestra vida.
Todos estamos llamados a preguntarnos: ¿cómo se sienten los demás con nuestra forma de proceder o de ser? No pedimos que nos quieran para vanagloriarnos. Se trata de tomar conciencia y ver cuándo hacemos sentir mal a alguien. Es posible que nos hayan hecho saber su malestar con palabras o gestos, y sigamos con una actitud de indiferencia a su dolor. Con frecuencia somos responsables de las heridas causadas a los otros.
En el examen de cada día nos preguntamos a quién hemos herido de nuestro entorno y, con humildad, nos acercamos a pedir perdón. No importa el tiempo que haya pasado: siempre es oportuno curar las heridas para que dejen de sangrar y elegir al otro como hermano. Reconciliarse es pedir perdón con arrepentimiento o perdonar sin buscar justificaciones infantiles. Esta práctica ayuda a vivir la “cordialidad” en la familia y en la comunidad.
A la hora de examinarnos nos ponemos delante de Dios, le abrimos el corazón, nos sentimos en confianza frente al Padre que nos ama; buscamos su mirada, su mano que nos sana. No sirve el examen en el que nos comparamos con el prójimo. Cada uno es singular; tenemos una historia diferente. Dios es el único que conoce nuestro ser más íntimo y nos da la gracia para ser felices.
Hoy en día dejamos pasar muchas cosas en nombre de la tolerancia y, con frecuencia, dejamos que el otro se equivoque y se pierda en su error. Es preciso, con humildad, acercarnos a quien se está haciendo daño, para ayudar caritativamente. El examen nos hace ver la responsabilidad que tenemos con respecto a los demás. Siempre podemos ayudar.
Es hacer, todos los días, unos minutos de silencio para mirarnos con bondad, agradecer que somos amados, confiar en que podemos superarnos y seguir caminando.
Hno. Javier Lázaro sc
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