Lectura: “Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. …; yo conozco a los que he elegido… el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió”. (Jn 13, 16-20)
Meditación:
Como familia de Dios, estamos en comunión. Cada acción, interna o externa, obra o pensamiento, repercute en todos, porque formamos un solo Cuerpo, donde Cristo es la cabeza. Nunca estamos solos; siempre nos guía el Espíritu que nos envía el Padre. Ya no hablamos o actuamos en nombre propio, somos los enviados de Cristo.
Jesús ha tenido la iniciativa al elegirnos; sabe de nuestras debilidades y deseos; pero nos envía, para que seamos sus testigos en el mundo, anunciamos su Reino. El Espíritu Santo nos da los sentimientos y las actitudes que necesitamos. Cristo también es obediente al Padre, que sólo quiere nuestro bien y que seamos felices.
Cristo está presente en nosotros, que somos sus enviados; y también entramos en comunión con Él cuando recibimos a los que envía y nos hacen ver el Camino a seguir. Al acoger al hermano, recibimos a Cristo. Se hace presente en el necesitado.
Oración: Señor, envíame donde quieras y haz que te vea en el prójimo.
Contemplación:
Gracias porque me eliges y me llamas para anunciar tu Reino.
«Yo te envío en mi Nombre, eres mi testigo».
Quiero recibir a los otros, en tu Nombre, como hermanos.
Acción: Ver en el otro a Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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