En primera persona, Joaquín relata su recorrido por la vida comunitaria, cómo se ordenan las prioridades y el modo en que Dios se hace presente en lo cotidiano:
«A lo largo de mi vida he participado de retiros, convivencias, encuentros y misiones: espacios donde el encuentro con Dios y con los hermanos abarca la totalidad del tiempo vivido, a diferencia del día a día, donde el trabajo y las responsabilidades suelen acaparar toda la atención. Es recurrente el deseo de que esas experiencias no terminen, pero inevitablemente llega el momento de regresar a la rutina, aunque con la intención de vivirla de una manera diferente.
Esa forma distinta de vivir la rutina es lo que pude experimentar durante la semana compartida con los Hermanos del Sagrado Corazón en Temperley. Aun sin dejar de trabajar, la vida comunitaria me permitió disponer mis horarios dando prioridad a la oración, la misa, el rosario, las comidas y el tiempo de actividad física, sin descuidar mis obligaciones laborales. En definitiva, pude respetar el orden de prioridades que deseo para mi vida, algo que no siempre logro en lo cotidiano.
Acostumbrado a vivir solo, durante mucho tiempo pensé que compartir una vivienda implicaba, más allá de lo agradable de la compañía, una incomodidad que limitaba mi libertad para manejar tiempos y espacios. Sin embargo, después de esta experiencia —y de otra vivida en febrero—, comprendí que las gracias de la vida comunitaria superan ampliamente esas aparentes incomodidades. Muchas veces escuché que nuestra plenitud se da en la entrega, y qué mejor que vivirla día a día en comunidad. Además, la rutina compartida aporta orden y genera un compromiso mayor: ya no se trata solo de la propia voluntad, sino también del respeto hacia el que tengo al lado.

Esta experiencia me permitió adentrarme en la dinámica de la vida comunitaria y descubrir cómo cada hermano aporta su carisma: la devoción en la oración, la escucha, el consejo, la alegría, la atención a los detalles y el servicio. En un mismo lugar pude vivir la fe expresada en el silencio ante el sagrario, la caridad en el compartir y la esperanza que nace al ver a tantos niños y adolescentes recorriendo los pasillos del colegio. Dios se hizo presente de múltiples maneras, permitiéndome reconocer la belleza de lo cotidiano.
Regreso con el corazón renovado y con el deseo de fortalecer la comunidad de mi propia familia, ahora que por un tiempo vuelvo a la casa de mis padres, y con una mayor disposición al encuentro personal con Jesús, aun en medio de la vorágine de los meses que vendrán. Agradezco a Dios por lo vivido y le pido que esta experiencia no sea solo un recuerdo más, sino una base para seguir construyendo el futuro al que Él me llama».
Joaquín Neschisi
Temperley, 31 de octubre de 2025
Copyright © 2025 Colegio Belgrano