Lectura: “Dijo Jesús a sus discípulos: «Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto”. (Lc 9, 43-45)
Meditación:
En cierto modo, todos buscamos un Cristo triunfalista; pero Él huye de esta imagen y nos habla claramente de la Cruz. Sólo habla del triunfo después de la Resurrección. Nosotros ahora le seguimos y necesitamos identificarnos con Él, dando un sentido profundo a la entrega y a la búsqueda del bien, con esfuerzo, con lucha, perseverancia y viviendo la Verdad.
Cuando nos llega la contrariedad e incluso el dolor, no debemos buscarle explicaciones del “por qué a mí”. Sólo ver hacia dónde estamos llamados a crecer interiormente. Esto no impide evitar las situaciones que van contra nuestra dignidad. No es conformarnos o resignarnos. Supone descubrir nuestras capacidades, conocernos y aceptarnos.
Cuando miramos la Cruz de Cristo, sentimos que estamos en las manos del Padre que nos acompaña; ahí al lado siempre está la Virgen María, que nos cuida y acompaña; por el Espíritu estamos llamados a nacer de nuevo, con una nueva jerarquía de prioridades.
Oración: ¡Señor, dame la mirada de la fe, que me permita seguirte!
Contemplación:
Busco el éxito fácil, rehúyo el esfuerzo y el dolor que me entristece.
«Yo te muestro el camino de la Cruz, de la entrega sin límites».
Quiero seguirte, fortaléceme con tu Espíritu.
Acción: Aceptar con confianza la contrariedad.
Hno. Javier Lázaro sc.
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