1 – Vivimos la alegría en la entrega total, que se concreta en la búsqueda del bien de todos, especialmente de los seres queridos. Solo lo que entregamos crece en nosotros y es fecundo. Cuando, por inmadurez, egoísmo o narcisismo, nos encerramos en nuestros intereses, quedamos incompletos, infecundos, en una insatisfacción constante y en la tristeza.
2 – Necesitamos renunciar a nosotros mismos para identificarnos con Cristo, que se entrega en la Cruz. Es preciso cambiar de “chip”: renunciar a la autosatisfacción para gustar el gozo y la paz del bien.
Vivimos en una sociedad que nos propone el placer y el hedonismo como norma de vida. Nos impulsa a vivir el momento, a sentirnos bien, sin dejarnos pensar ni proyectar hacia adelante. La virtualidad ha acelerado este proceso: siempre estamos vacíos, con dependencias afectivas que se vuelven adicciones.
Solo una decisión personal puede ayudarnos a cambiar y ser libres de verdad: cuando, contando con la ayuda de la gracia divina, tomamos la determinación de hacerlo. Entonces seguiremos con nuestras limitaciones, pero con una actitud nueva que marca un rumbo.
La renuncia es absolutamente necesaria para ser felices y vivir para los demás. Esta renuncia —paso hacia la libertad interior— pasa por una escalera: primero renunciamos a lo material; luego a los afectos de apropiación o dominación de las personas; y finalmente, a nosotros mismos.
3 – Disponibles para los demás, alcanzamos la libertad interior y estamos listos para ayudar y amar. Esto supone orden exterior y afectivo del corazón.
En la comunidad-familia vivimos en función de los otros. Pero esto requiere dormir lo necesario, tener ordenadas las cosas para no perder tiempo, anticiparse en lo posible, revisar las actitudes y hacer todo con alegría. Supone superar la procrastinación y vencer la pereza, que nos lleva a la tristeza y a la falta de atención hacia los demás.
4 – Elegimos descentrarnos de nosotros mismos, pensar en los otros y en sus necesidades. Requiere salir de la mediocridad e intentar hacer todo bien, sin caer en el perfeccionismo. Implica vivir atentos, mirar a los demás sin que tengan que esperarnos, y formar hábitos buenos o virtudes.
5 – Nos queremos tal como somos. Nos aceptamos con nuestras diferencias y nuestra historia personal. Cada uno tiene su ritmo y personalidad. Renunciamos a la uniformidad, aunque caminamos en comunión.
No juzgamos a nadie; esperamos al otro. Cuidamos los detalles que nacen de una mirada cariñosa y evitan que alguien se sienta incómodo. Damos gracias por la vida del prójimo, al que vemos como hermano que nos acompaña. Juntos experimentamos la fraternidad y la filiación con el Padre.
Reconocemos los carismas de los demás y dejamos que cada uno exprese sus talentos. No competimos; nos alegramos de los logros de los otros sin comparaciones ni críticas. Vivimos el tiempo personal en función de la comunidad familiar.
6 – Ya no pensamos individualmente. No nos preocupa tanto cómo nos sentimos: miramos el bien de todos y lo celebramos, dando gracias a Dios. Cuidamos los tiempos comunes y sabemos postergar urgencias, trabajos personales y redes.
7 – Los mayores son referentes para los más jóvenes en la conquista de las convicciones. Las diferencias generacionales enriquecen: la comunión entre abuelos y nietos, el diálogo entre padres e hijos, la colaboración entre hermanos. Nadie es una isla.
Tal vez los mayores repitan historias, pero en ellas transmiten sabiduría. Aunque los tiempos cambien, hay valores que permanecen. La mesa familiar es la mejor escuela: enseña, une, supone escucha, orienta…
Además, los de más edad sienten un gran aprecio hacia los jóvenes, entienden sus dificultades, comprenden sus limitaciones… pues ellos lo han sufrido antes.
Por su parte, la virtualidad es un capítulo que es necesario analizar aparte: los mayores se sienten muy limitados y en cierto modo fuera de juego, se autoexcluyen; los jóvenes pueden ser muy dependientes y corren el riesgo de estar en la comunidad-familia, pero vivir fuera de sí mismos y como extraños. En familia, necesitamos volver al encuentro real, al diálogo y a la mirada que sostiene.
8 – Los jóvenes animan a los adultos a vivir con autenticidad; los niños renuevan la vida, le dan frescura y más naturalidad. Nos comprometen. Siempre necesitamos estar abiertos al que llega, para recibirlo e integrarlo.
9 – La unidad se da en Cristo, como el sarmiento unido a la vid. En Él encontramos la gracia que nos une, nos perdona, nos abre a la esperanza y nos anima a la comunión.
Las diferencias y dificultades no desaparecen, pero Cristo nos convoca y fortalece. Nos infunde su Espíritu para llamarnos “hermanos”, “hijos”, “padre”, “mamá”.
10 – No exigimos al otro lo que solo puede darnos la relación personal con el Señor.
En las relaciones humanas podemos agobiar a los demás con nuestras necesidades. Pero es Cristo el único que puede responder.
Necesitamos hacer oración constantemente, entregando las preocupaciones, confiando en la oscuridad, escuchando en el silencio, caminando en el cansancio, confiando…
Hno. Javier Lázaro sc
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