Lectura: ««Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»». (Lc 15, 13-14)
Meditación:
En la medida que esperamos retribución de los otros por el bien que realizamos, entramos en un estado de déficit afectivo. Pues los otros nunca nos pueden pagar de acuerdo a nuestras expectativas. Por eso, Jesús nos llama a ayudar a los que nada nos pueden devolver; sólo entonces los elegimos como hermanos y nos damos gratuitamente. Ayudar al otro ya es una fiesta para nuestro corazón, pues nuestra vocación es amar.
La fraternidad supone darse, buscando el bien del otro; pues lo que deseamos es la comunión. El don de nosotros mismos, nos permite desplegar y desarrollarnos afectivamente, dimensión fundamental de nuestra sexualidad. A su vez, también nos permite abrirnos, dejando que nos ayuden confiadamente.
El servicio caritativo, que es fecundado por el Espíritu, tiene su recompensa en el banquete celestial; cuando nos dejemos mirar por Jesucristo y nos reconozca, porque lo hemos ayudado en los más pequeños y necesitados. Los niños y los jóvenes, las personas solas, son un llamado al encuentro con Dios.
Oración: Señor, haz que te sirva en los más pequeños y necesitados.
Contemplación:
A todo lo que hago le pongo un precio, peaje afectivo, no tengo la generosidad de darme…
«Yo Soy tu Hermano, doy mi Vida por ti».
Quiero darme gratuitamente, sin esperar nada.
Acción: Ver en los otros a Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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