Lectura: “El día que se revele el Hijo del hombre. Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en casa no baje a recogerlas; igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará”. ( Lc 17, 30-33)
Meditación:
El encuentro personal con Cristo es transformador; da un sentido profundo a nuestra existencia; nos hace caminar hacia la eternidad. Jesús se nos revela en lo más íntimo del corazón y nacemos de nuevo; no sirve de nada la mirada hacia atrás; sólo Él nos da una Vida Nueva.
No son nuestros méritos o la eficacia de los trabajos. Es sobre todo la correspondencia libre a la gracia divina. Él pone su Espíritu y nos llena con su presencia. Pero siempre nos da libertad de aceptarlo o rechazarlo; podemos vivir según su voluntad o dejándonos llevar por los propios deseos, que en con frecuencia son irrealizables.
Perder la vida por Cristo, es ganarla para siempre; supone que le dejamos actuar en nuestro interior, para formar un solo Cuerpo con Él. No son nuestros méritos, es la comunión con su Corazón y con los otros, nuestros hermanos.
Oración: Señor, transforma mi corazón en tu Morada.
Contemplación:
Me creo autosuficiente con los méritos del pasado… pero no llego a ninguna parte…
«Yo vengo hacia ti y te comunico la vida que llena tu existencia.».
Quiero esperarte y estar contigo.
Acción: Esperar confiado la llegada de Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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