Lectura: “Había una profetisa llamada Ana… No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén”. (Lc 2, 36-38)
Meditación:
La profetisa Ana, estuvo casada en su juventud y quedó viuda. Desde entonces sirve a Dios en el Templo; su corazón se lo ha entregado al Señor; en Él encuentra la paz y la alegría. Vive con la esperanza de ver al Mesías prometido. Es una de las pocas personas que realmente lo desea y lo espera… ahora lo contempla. Su gozo se ha cumplido.
Para recibir un don de Dios, necesitamos preparar el corazón, donde se pueda alojar o anidar y crecer. La vida divina precisa de nuestra colaboración. Ana vive con un corazón unificado… se ha determinado por lo importante y definitivo. Su relación con Dios, hace que se entregue en cuerpo y alma a su servicio.
Ana tiene la vivencia del encuentro con Cristo, es un regalo del Espíritu, que la conduce. Ya sólo habla de la presencia de Jesús. Ahora, nosotros también necesitamos anunciar esta Alegría al mundo.
Oración: Señor, gracias por el don de la fe y elegir mi corazón como tu Morada.
Contemplación:
Busco noticias cambiantes…novedades… no espero lo determinante.
«Yo vengo a tu corazón, necesito que me recibas…».
Quiero vivir exclusivamente para Ti y anunciar tu Reino.
Acción: Vivir la amistad con Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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