A través de canciones, juegos rítmicos, exploraciones sonoras y movimientos del cuerpo, los más pequeños descubren nuevas formas de expresarse, comunicarse y vincularse con los demás. Educar musicalmente no solo despierta habilidades artísticas: también cultiva la creatividad, la sensibilidad, la memoria, la atención y el trabajo compartido.

El pedagogo Edgar Willems lo sintetizaba con claridad: “La educación musical es, en esencia, una educación del ser humano”. La frase nos invita a mirar más allá del repertorio. Aprender música no es solo memorizar canciones: es formar personas sensibles, expresivas y capaces de escuchar al otro.
Ese camino empieza en los sentidos. Como afirmaba María Montessori, “la educación de los sentidos precede a la educación intelectual”. La música ofrece esa experiencia primera: sonidos y silencios, intensidades y ritmos que enriquecen la percepción del mundo y sostienen los aprendizajes de cada día.

En las salas, la melodía acompaña el juego, la exploración y el encuentro. Alrededor de ella, los niños aprenden a esperar su turno, a coordinar movimientos, a participar en conjunto. Como resumía Zoltán Kodály, “la música pertenece a todos”: por eso importa acercarla desde temprano, para que cada niño encuentre su propia voz y gane confianza.
Cuando ejecutan instrumentos juntos, aparece algo que excede la técnica: la conexión, las miradas, el respeto por los tiempos de sonido y de silencio. Tocar en conjunto no es solo cuestión de destreza, sino de escuchar y aguardar el momento exacto para transformar la melodía en una experiencia inolvidable. En ese gesto se cumple lo que observaba Yehudi Menuhin: “la música crea orden a partir del caos, porque el ritmo impone unanimidad sobre lo divergente”. Ese orden aparece cuando los niños logran cantar al mismo tiempo, seguir un pulso, respetar un silencio o acompañar una melodía en grupo.

Este año, en el área de Música, pusimos el corazón en las raíces de nuestra tierra. Acercamos a los niños a nuestra cultura a través de canciones, ritmos y expresiones que forman parte de nuestra identidad, buscando despertar en ellos el amor y el respeto por las tradiciones que nos representan como pueblo. Porque en cada melodía habitan costumbres, sentimientos y recuerdos que pasan de generación en generación.
Escuchar, cantar y compartir nuestro folklore fortalece el sentido de pertenencia y enseña a valorar la riqueza que nos une. Acercar a los niños a lo propio es también ayudarlos a reconocer quiénes somos y de dónde venimos. Porque en cada infancia que canta nuestras canciones, florece también la memoria y el corazón de nuestra tierra.
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