El Corazón de Jesús sana nuestro corazón

10 julio, 2026

Como Comunidad Educativa nos une la referencia absoluta al Corazón de Jesús.

Este año, con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón, nos proponemos contemplar cinco realidades que nos sanan y nos alegran. Vivimos la certeza de que:

  • Los niños y los jóvenes son una bendición. Con su corazón cándido e inocente nos comunican la bondad de Dios y despiertan en nosotros el deseo de vivir el compromiso. Así, nacemos de nuevo y nos entregamos gratuitamente, pues los niños esperan confiadamente lo mejor de nosotros mismos. «Te alabo, Padre» (Mt 11, 25).
  • Los hijos nos recuerdan que somos amados. Crecemos cuando generamos relaciones de comunión. La filiación es un vínculo indestructible. «¿Qué madre se puede olvidar de su hijo?». El Padre del cielo, que nos ha creado, nos ha dado a su Hijo para que, unidos a Él, **vivamos** la certeza de que somos amados eternamente. «Nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mt 11, 27).
  • El amor del Padre nos sana. En nuestra historia reconocemos heridas que, en algunos casos, siguen sangrando. Pero ahora, más allá de la situación dolorosa, Jesús nos hace experimentar el amor infinito del Padre. Esta experiencia nos permite perdonar, sanar, mirar con confianza, amar y dejarnos amar. «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré» (Mt 11, 28).
  • Nos realizamos en el encuentro. Por eso cultivamos los sustratos de la paz y la fraternidad: la paciencia, que nos ayuda a esperar el bien del otro; y la humildad, que nos permite dejar que los demás se acerquen y nos acompañen. «Aprendan de Mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio» (Mt 11, 29).
  • El descanso solo lo encontramos en la amistad con Cristo. El perfeccionismo, la culpabilización por lo que no hicimos bien y las exigencias sociales nos causan la sensación de que nunca es suficiente el esfuerzo. Por eso Jesús nos ofrece su «yugo»: una relación esponsal, personal, íntima y profunda, que nos lleva a vivir en su Corazón. Él nos dice: «Mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mt 11, 30).

Hno. Javier Lázaro sc