El silencio es un ámbito propio de la comunicación profunda. Los niños y los jóvenes sufren la imposibilidad de vivir el silencio, tan necesario para reflexionar y ser personas.
Hoy nos da miedo el silencio. Sin silencio no escuchamos, aunque oigamos ruidos que llegan desde el otro; pero no percibimos sus sentimientos, lo que realmente nos dice. Es preciso permanecer (tener paciencia), lo que supone confiar, con una atención que es escucha.
El silencio y la soledad se complementan. Si no sabemos estar solos, no hay silencio. Esto ya nos llama a saber estar con nosotros mismos, sin interactuar con el exterior. El silencio no es mudez o indiferencia a todo. Requiere atención al propio corazón, aunque algunas veces, en un primer momento, no sepamos qué nos dice.
1. La escucha requiere atención amorosa; supone obedecer, docilidad y dominio del corazón.
El silencio se simboliza con un dedo en la boca, pero hay silencios que nos hablan. Callar es una forma de expresarnos. Es un modo inefable de decirnos. Es un lenguaje condensado.
Estar en silencio parece un espacio. Pero es un estado mental; pasamos por el silencio y estamos en silencio.
El silencio nos guarda y protege. El hombre tiene derecho a guardar silencio. Lo único eterno, según Jesús, es la Palabra: «Mis palabras no pasarán». Todo ocurrirá.
Las palabras necesitan ser masticadas. El silencio nos permite vivir lo admirable. Los poetas saben mirar, admiran y callan. El silencio y la soledad se integran.
2. El silencio es un maestro; es un pedagogo. Es preciso quedarnos en silencio.
El silencio está relacionado con el cuidado. En la soledad escuchamos nuestras voces interiores. El ruido y la actividad frenética nos confunden; perdemos el rumbo.
Nos podemos expresar en el silencio profundo. Solo entonces se hace nítido nuestro ideal. Con frecuencia no sabemos lo que queremos por la falta de silencio.
3. El silencio nos ayuda a trascender la palabra. Se convierte en una tensión amorosa. En el silencio, la palabra se hace Luz, se hace vida, enciende nuestros corazones en el amor. Los enamorados escuchan, repiten y recuerdan cada palabra. Así viven la constancia y la fidelidad.
Aprender a ponerse en silencio, silenciando la memoria, esperando que llegue la comunión íntima. Entonces es preciso acallar los deseos inmediatos: nosotros no somos el centro.
Atención y amor son las actitudes clave de la escucha. Necesitamos una intencionalidad a la hora de escuchar y una apertura que es amor, deseo de quedar transformados.
Esto supone fidelidad y constancia. No es un momento y ya está; es volver todos los días, aunque parezca que no se hace nada. Pero siempre recibimos el «oxígeno» que necesitamos. La perseverancia y la fidelidad de estar ahí nos configuran.
Es necesario dejar los propios razonamientos, pues Dios y el otro son una presencia. Solo así percibimos la paz que siempre anhelamos.
4. El silencio nos hace gustar la soledad y la compañía. En el silencio se nos comunica lo valioso.
Se trata de una experiencia general que nos integra totalmente. Trasciende las ideas y las palabras. Supone el abandono del razonamiento; es dejar actuar a Dios en nuestro corazón.
En el silencio damos vacaciones a los pensamientos. No queremos pensar por nosotros mismos. Pareciera que estamos flotando, aunque estamos pisando el suelo.
Nos pueden llegar la inquietud o las dudas; entonces es preciso cultivar la atención centrada. Volver una y otra vez a buscar o a centrarnos en lo importante.
5. El silencio nos lleva a la paciencia y nos hace sentir el consuelo. Nos hace sentir libres, sin preocuparnos de lo que buscamos, pues viene a nuestro encuentro. Solo necesitamos vivir atentos a lo que se va sembrando en el silencio.
Es una pasividad, una receptividad… que nos lleva a la hospitalidad para con nosotros mismos. La contemplación en silencio supone recibir a un amigo en la interioridad. Pero la hospitalidad nos orienta hacia el cuidado.
Pasivamente, pero con presencia y advertencia amorosa, se despierta la mirada de la fe. Así quedan enajenadas las otras experiencias, pues son nada.
El silencio nos lleva a una inteligencia espiritual, secreta y sin palabras. No olvidemos que el silencio es un maestro interior.
Nos llena todo el ser, pues solo entonces aprendemos a estar con nosotros mismos y desapegados de todo. Esto nos conduce a un enamoramiento donde ya no nos importa lo de afuera.
6. Necesitamos serenidad, desprendidos de todo: redes sociales… Cualquier otra comunicación es ruido que interrumpe el encuentro.
La atención y la apertura amorosa son formas de vivir la integración, de ponernos en camino de plenitud. Es lo que nos prepara para estar atentos a los demás, para ser servidores, para amar con gratuidad.
Vivimos en el mundo, pero desprendidos de todo. Usamos las cosas, pero sin dejar que nos dominen o nos posean.
El silencio activo, de atención amorosa, es una forma de vivir en libertad, de amar sin los límites que con frecuencia nos imponen nuestros afectos, fruto de nuestras inseguridades y miedos. En el silencio vivimos en confianza. Nos podemos quejar de abandono o desatención de nuestros padres, pero cuando buscamos el ruido somos nosotros los que abandonamos la fuente de la vida.
7. La soledad del silencio nos lleva a la compañía. Es una forma de sonoridad interior que nos llena de motivaciones y nos impulsa a la acción.
La soledad nos lleva a la naturaleza, a la creación; nos hace mirar diferente. Lo simple nos parece grande y hermoso.
La soledad nos hace sentir la grandeza del mar y la inmensidad de nuestro ser. Todo lo de afuera nos sirve para expresar lo del interior. La interioridad profunda y anchísima nos da libertad por la riqueza inmensa que percibimos en el corazón.
8. La soledad y la interioridad son expresiones de libertad.
Cuando estamos determinados a amar, a responder, vemos que estamos lanzados a algo que nos supera, pero seguros del camino que estamos llamados a recorrer.
La soledad nos saca del gregarismo que nos confunde, nos empasta con los demás; pero la soledad fecundada por el silencio siempre nos lleva a la fraternidad: vivimos para los demás. Nos sabemos amados. Estamos cuidados como en un nido, en un hogar, lugar elevado, pero vulnerable. Aunque tengamos muchas vivencias, seguimos siendo frágiles. El nido es cuidado y es fragilidad. Dios está presente, nos habla de una compañía.
9. El silencio fecundo, con la mirada de la fe, nos lleva a la libertad, nos vincula con Dios.
La soledad puede darse a nivel geográfico y a nivel antropológico (al sentirnos incomprendidos por los demás), pero con una identidad clara. Pues todo lo hacemos de corazón, donde nos ve el Padre que ve en lo escondido.
En la vida cotidiana es preciso guardar silencio de corazón. No importa el lugar; el silencio es una forma de estar atentos.
Hoy consideramos el silencio y la soledad una pérdida de tiempo por la aparente falta de productividad. Pero la realidad interior siempre es fecunda.
En el silencio seguro que sufriremos distracciones, pero es necesario volver sobre nosotros mismos. No olvidemos la perseverancia que lleva a la fidelidad (la respuesta creativa).
10. Todos necesitamos tiempo de silencio. Es la respiración del alma. Sin oxígeno no podemos vivir.
Cuando siempre necesitamos estar con otros interactuando, no podemos ser nosotros mismos; hacemos lo que en cierto modo nos imponen (aunque se diga que somos amigos y tenemos los mismos gustos). Necesitamos cuidar el tiempo de soledad.
Para estar con los demás y aportar nuestra riqueza personal, precisamos aprender a cultivar el corazón. Entonces, a su vez, los demás también activarán en nosotros la capacidad de darnos sin gastarnos; se acrecentará el don de nosotros mismos.
En el silencio cultivamos los afectos, ese aire que contribuye a la combustión interior, que nos da energía, fuerza, vigor.
En el silencio podemos sanar lo que duele y ejercitar el perdón. Solo entonces quedamos en libertad y en camino de conversión.
Hno. Javier Lázaro sc.