Lectura: “Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»”. (Lc 24, 30-32)
Meditación:
Los discípulos de Jesús que van hacia Emaús, caminan unas dos horas, pero no lo reconocen. Sólo se dan cuenta que es Él cuando bendice el pan, signo de la Eucaristía. Y a partir de esta vivencia, se dan cuenta que su corazón ardía, cuando les hablaba en el camino.
La mirada de la fe es la única que nos hace ver la presencia de Cristo en la cotidianidad y en los detalles de cada momento. Pero necesitamos encuentros profundos de adoración hacia Cristo en el sagrario que nos permitan vivir el amor que nos tiene.
La Palabra es una necesidad para nuestro corazón, paulatinamente nos va desvelando su presencia, hasta llegar al encuentro de comunión, que nos convierte en sus mensajeros. El fuego que enciende en nuestro corazón, se acrecienta cuando llevamos el Reino a los demás con generosidad y gratuidad.
Oración: ¡Aleluya! Señor enciéndeme en el fuego de tu amor. ¡Aleluya!
Contemplación:
Te adoro en la Hostia consagrada, te recibo como comida y me llenas de gozo.
«Yo te doy el Pan de Vida, que es unión íntima».
Soy tuyo para siempre, haz que viva para Ti.
Acción: Vivir la alegría de la amistad con Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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