A lo largo de este camino, los niños desarrollaron una mirada atenta, respetuosa y curiosa hacia el mundo que los rodea.
La propuesta comenzó con una salida educativa a la granja. Allí, los pequeños revivieron lo trabajado en el aula, fortaleciendo el vínculo con los animales a través de la observación, el cuidado y el respeto. El contacto directo convirtió la teoría en vivencia, emoción y aprendizaje profundo.
Más adelante, nos adentramos en el universo de los insectos: construimos un terrario y salimos al jardín a recolectar algunos de sus diminutos habitantes. Con asombro y curiosidad, descubrimos formas, colores y comportamientos, dándole valor a aquello que muchas veces pasa desapercibido.
La visita al laboratorio escolar, junto a la profesora Laura, fue otro momento especial. Con lupas binoculares y microscopios, ampliamos nuestra mirada y descubrimos detalles invisibles a simple vista, lo que potenció aún más el interés por el mundo natural.
También creamos espacios lúdicos donde el contacto con la tierra fue protagonista. Jugamos, tocamos y exploramos utilizando pinzas, lupas y mucha imaginación, privilegiando el juego compartido por sobre el uso de la tecnología.
Otra experiencia significativa surgió a partir de la lectura del cuento “Elmer y el gran pájaro”, de David McKee. A través de esta historia nos sumergimos en el fascinante mundo de las aves. Observamos los colores de sus plumajes, especialmente los tonos azules y el pájaro negro que aparece en el cuento, y conectamos esta narración con el reconocimiento de las aves que habitan nuestro entorno.
Y no lo hicimos solos: las familias de Sala Azul acompañaron cada paso y propuesta. ¡Gracias por el entusiasmo y la participación, que volvieron esta experiencia aún más significativa!
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