Educar la conciencia

5 septiembre, 2026

La educación supone llegar a la formación del carácter, con la conquista de las virtudes humanas.

Vivir la sabiduría de la prudencia, mediante la integración de la experiencia y la escucha de los mayores en camino de plenitud; renunciar a la búsqueda del propio “yo”; y vivir la alegría de sabernos amados.

La educación no se reduce a:

  • la facultad intelectual, aunque se necesita el conocimiento de los valores;
  • la conquista de la voluntad, cuando no tiene un fin altruista que lleve a la adquisición de hábitos buenos: las virtudes;
  • buscar la especialización sin un proyecto de ayuda a las personas;
  • satisfacer el deseo de placer como una acomodación a las modas de la sociedad;
  • la aplicación de técnicas psicológicas, cuando el profesional no tiene una visión antropológica del fin eterno de la persona.

 

La educación busca la plenitud del niño o del joven, para que sea feliz en lo íntimo de su corazón. Esto supone:

  • Ayudar a pensar, a reflexionar, a tomar conciencia de sí mismo; así se da cuenta de que es persona, diferente de los demás y que tiene una identidad.
  • Educar los sentidos internos: la memoria, la fantasía, el sentido común y la integración de experiencias anteriores.
  • Buscar un orden afectivo-sexual, proponiendo la virginidad en la juventud o la castidad cuando llegue el compromiso del matrimonio.
  • Valorar la presencia del padre y la madre en la convivencia diaria, pues la persona se realiza en el encuentro con el otro varón y la otra mujer; es parte de la complementariedad necesaria en los niños para alcanzar la madurez.
  • Escuchar a los educadores con actitud de docilidad, que lleva a la obediencia a Dios, que es Padre y nos ama en forma gratuita. Si falta esta dimensión, no se sabe ser hijo y el día de mañana será difícil ser esposo/a o comprometerse en otra vocación.

La educación es una integración de saberes teóricos y prácticos. Tener conocimiento de las cosas buenas (valores) no es suficiente; en la formación del corazón se precisa la vivencia interior, la implicación de la voluntad y la integración de los afectos. Por esto:

1. Los niños o adolescentes, además de reconocer a su papá o mamá en una foto, necesitan experimentar cotidianamente la presencia de sus progenitores: el abrazo, la caricia, la puesta del límite, la palabra firme, la escucha, el orden, el compartir la mesa, la mirada atenta… El diálogo entre los padres es la forma que tendrán los hijos de expresarse con los demás, es el camino de aceptación de sí mismos y es la base de la conformación de los ideales para el futuro.

2. Un déficit en la comunicación de los educadores, padres o docentes, se proyecta en una disgregación y confusión interior en los niños y adolescentes. El hablar de uno supone la escucha del otro; pero, además de las ondas que se transmiten en el aire, es una forma de entrega que supone una implicación total, una forma de darnos con todo nuestro ser. Esto es un llamado de atención para evitar hacer varias cosas a la vez, pues ya nos estaríamos dividiendo y, en ese caso, nos falta atención, no nos damos por entero o recibimos superficialmente al otro. En la comunicación es preciso dejar todo, mirarnos, leer los labios, orientar el corazón.

3. La formación de la conciencia es tarea de los padres y docentes. No señalar la bondad o la maldad que intrínsecamente tiene una acción, aunque no haya intencionalidad, desorienta a los niños y jóvenes. Ellos están probando; necesitan nuestro juicio objetivo: “está bien” o “está mal”. Así van adquiriendo experiencia, vamos formando la voluntad en la bondad y ayudamos a reconocer lo que necesitamos rechazar cuando algo está mal. Dejar hacer subjetivamente o según lo que se siente es navegar a la deriva… Los hábitos buenos ayudan a vivir la virtud, que nos hace gustar la paz, la alegría, la seguridad interior y establecer vínculos de amistad con los otros.

4. La integración de los conocimientos lleva a la sabiduría interior, que es la prudencia y nos ayuda a elegir convenientemente lo bueno, lo verdadero y lo bello. Esto supone enseñar a escuchar la voz de Dios en el corazón, que nos atrae hacia la santidad; la voz de los padres o personas mayores que son testimonio de vida; la voz de uno mismo, que nos permite expresar lo que sentimos para juzgar según la grandeza con la que hemos sido creados.

5. Las técnicas psicológicas que se reducen al estado emocional del momento son una trampa, pues nos hacen creer que somos el criterio absoluto para nosotros mismos. Es tarea de cada día caminar hacia la vocación, que nos lleva a la entrega y nos hará plenamente felices. La dimensión espiritual y la mirada de la fe se hacen absolutamente necesarias para vivir un proyecto de vida que nos haga felices, pues es un llamado de Dios, que nos quiere como hijos amados y nos da la fuerza para realizar aquello que nos pide.

La integración de todas las dimensiones supone discernimiento: separar lo que sirve de aquello que nos confunde o desvía. El discernimiento nos ayuda a hacer nuestra la prudencia, la sabiduría propia de la dignidad de la persona, para desechar el desorden afectivo-sexual que, por llegar a todas las dimensiones humanas, nos termina esclavizando.

La virtud de la templanza, el orden afectivo-sexual como experiencia de conquista personal y de entrega gratuita al otro, nos lleva a amar, a configurar todo nuestro ser y las relaciones interpersonales que podemos establecer. Es un don de Dios y es una tarea de todos los días imprimir en cada acción los sentimientos de bondad, esforzarnos para conquistar la voluntad y cultivar el sentido crítico para discernir y encontrar la verdad.

Hoy estas dimensiones están amenazadas por las redes sociales, que anulan los afectos e invalidan nuestra entrega personal; la ideología de la “nueva era”, que anula la voluntad, pues solo nos propone como meta lo fácil y placentero; y la inteligencia artificial, que nos hace sentir que es inútil reflexionar y ser nosotros mismos.


Hno. Javier Lázaro sc