Hoy no sorprende ver a niños pequeños usar móviles mientras esperan en una consulta médica, comen afuera o viajan en auto. No se trata de juzgar a las familias por ese instante puntual, sino de reflexionar sobre qué papel está ocupando el dispositivo en la infancia cotidiana.
Los teléfonos inteligentes han transformado la manera en que los niños viven el tiempo libre. Bill Gates advirtió sobre los riesgos de este uso prematuro: menos creatividad, menor concentración y dificultades en el desarrollo social. «El juego en espacios abiertos —sostiene— debería seguir ocupando ese lugar».
La tecnología puede ser una aliada si se usa con acompañamiento y criterios claros, pero hay una premisa fundamental: el celular no es un juguete.
El emprendedor Santiago Bilinkis observa que cada vez es más habitual ver a chicos pequeños “mantenidos a raya” con un video en un dispositivo. El cerebro infantil, aún en construcción, es especialmente sensible a estímulos intensos (luces, sonidos, recompensas inmediatas), lo que puede dificultar el autocontrol. Además, el uso excesivo se asocia con irritabilidad, estrés y malestar emocional. Y, sin supervisión, los riesgos se multiplican: contenidos inadecuados, juegos adictivos, comparaciones sociales constantes e incluso ciberacoso.
Más allá del contenido, el abuso del dispositivo puede desdibujar rutinas fundamentales: descanso, juego libre y conexiones familiares. Comer, dormir o ir al baño acompañados del celular son señales de una relación poco saludable.
Bilinkis recuerda que la OMS recomienda cero pantallas en menores de dos años, pero en la práctica el promedio actual es de 2 horas y media diarias, y un tercio de los bebés usa móviles antes de caminar.
El psicólogo Alejandro Schujman lo resume con imágenes potentes: lo que un niño necesita son abrazos, juegos de agua, aire libre, tostadas recién hechas o dar de comer a las palomas en la plaza. Necesita pares, naturaleza y vínculos reales para crecer.
Educar en el uso del móvil no es solo fijar normas, sino predicar con el ejemplo, acompañar y dialogar.
La psicóloga Maritchu Seitún advierte que las pantallas “son adictivas” y anima a los adultos a sostener los límites, aunque provoquen enojo. Schujman lo expresa así: “El trabajo de los padres es poner límites; el de los hijos, intentar quebrarlos”.
Algunas pautas clave:
Acompañamiento digital crítico: no se entrega un auto sin enseñar a conducir; tampoco un móvil sin hablar de privacidad, seguridad y gestión emocional.
Reflexión antes de regalar: ¿realmente lo necesita? ¿para qué se usará? Para entretener, puede bastar una tablet compartida con horarios claros.
Evitar premios o castigos con el celular: asociarlo a recompensas lo vuelve más deseado.
Límites claros y coherentes: horarios, contenidos permitidos y espacios libres de dispositivos ayudan a generar hábitos sanos.
En esperas, viajes o comidas fuera de casa, un “kit sin pantallas” puede ser la mejor alternativa: cuentos, juegos de mesa, plastilina, música, materiales sensoriales…
El móvil es una herramienta poderosa, no un juguete. Educar en su uso —y retrasar el acceso— es cuidar la salud digital de los niños y prepararlos para relacionarse sanamente con la tecnología en el futuro.
Para pensar en familia
¿En qué momentos aparece el celular en la rutina de tu hijo/a?
¿Qué ejemplo das vos en tu propio uso?
¿Tenés normas claras sobre horarios, lugares y contenidos?
¿Cómo reaccionás frente al enojo al poner un límite?
¿Qué actividades sin pantalla disfrutan más juntos?
María Elena Walsh
Quiero tiempo pero tiempo no apurado, tiempo de jugar que es el mejor”.
El mejor regalo para los niños no es un dispositivo, sino tiempo compartido, juego libre y presencia verdadera. Como nos recordó el Lic. Clariá en su visita al Belgrano: nuestro gran desafío es ser «padres reales en tiempos virtuales».
Para quienes quieran seguir profundizando en el tema, compartimos dos notas muy interesantes:
«El celular, los chicos y la válvula de escape de los padres»
«Alerta de la Sociedad Argentina de Pediatría: El celular no es un juguete»
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