Solo así podemos superar la inmadurez del «cumplo y miento» y la rigidez de ceñirnos a lo reglamentario o a los resultados, olvidando las relaciones humanas. Lo mismo sucede en la familia: cuando buscamos solo derechos individuales, perdemos el sentido de la entrega, la gratuidad y el compromiso, debilitando nuestra capacidad de alegría.
Desde la concepción, llevamos la grandeza y dignidad de los hijos de Dios. Aunque nacemos «incompletos» y necesitamos ayuda, ya se gesta un proyecto de vida que nos impulsa hacia la plenitud. Estamos llamados a desarrollarnos en todas las dimensiones: biológica, psicológica, social y espiritual. Un crecimiento equilibrado en una dimensión fortalece a las demás; si olvidamos alguna, nos empobrecemos como personas.
Familia y escuela compartimos el mismo objetivo: fomentar la vida interior para salir de la superficialidad y de la sociedad de consumo que nos esclaviza. Educamos cuando llegamos al corazón, ayudando a los jóvenes a elegir con madurez y buscar la verdadera alegría. Los valores que asumimos se traducen en actitudes y convicciones profundas, orientadas siempre hacia el bien y la verdad.
La implicación del corazón en la educación es esencial. Nos permite enfrentar las dificultades con esperanza y motivar la superación. La educación no se puede reducir a resultados académicos; su objetivo es prepararnos para amar y vivir en alegría. Los valores deben jerarquizarse según su permanencia y trascendencia.
Nuestros hijos y alumnos necesitan crecer afectiva y espiritualmente para lograr una integración personal, que será decisiva en su proyecto de vida y en la convivencia social.
Hno. Javier Lázaro sc.
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