Todo aquello que desatendemos se convierte en un foco de desequilibrio y es causa de tristeza. Nuestros sentidos externos e internos son las ventanas por donde nos relacionamos con el mundo exterior y constituyen puentes que nos permiten establecer vínculos desde el corazón.
Vivimos en una sociedad supuestamente democrática; entonces, cada uno cree tener derechos independientes de la relación con los demás. Pero la realidad es que el estado interior de cada persona también condiciona las relaciones sociales: «de acuerdo con lo que percibimos, es lo que sentimos y, en consecuencia, así es como actuamos».
Queremos hacer hincapié en la educación de los sentidos exteriores e interiores; por tanto, necesitamos:
La sociedad de consumo nos bombardea con imágenes y genera nuevas necesidades. Por eso, es preciso seleccionar o cuidar aquello que vemos o buscamos. Estamos en un ambiente erotizado, donde se toma a la persona como un objeto. Por tanto, no debemos ser consumidores de la degradación.
La belleza es un valor muy importante, pero no la podemos usar para generar deseos de posesión o dominio.
La pornografía hoy es la pandemia silenciosa…, frente a la cual los educadores y padres nos quedamos sin palabras. Pero la realidad es que empobrece o anula todas las relaciones humanas; pervierte a los jóvenes y a los niños. Es una situación gravísima… a la que nadie pone remedio de raíz. Los jóvenes quedan bloqueados en los aprendizajes, anulados en su voluntad, adictos a la mentira y a la angustia. Esto se agrava porque no tienen con quién hablar para desahogarse y recibir orientación. Además, los adultos lo relativizamos y preferimos no conversar sobre el tema. ¿Por qué?
Es preciso revisar qué ideales nos proponemos. Con frecuencia limitamos nuestras aspiraciones al bienestar, a ganar dinero, conocer lugares…
Nos olvidamos de que nacemos para amar y ser amados. Esto solo se percibe y se logra cuando el corazón está sano. Es preciso, como educadores (padres y docentes), proponer la santidad sirviendo y ayudando a los demás; la virginidad hasta el matrimonio; el compromiso y la fidelidad; el perdón y el agradecimiento; el esfuerzo y la sobriedad, etc. Ejercitar el corazón en la bondad hacia los más débiles, con compasión (que abarca mucho más que la empatía).
Esto supone escuchar como capacidad de recibir al otro, que nos abre el corazón, sin juzgar a nadie; apartarnos de las conversaciones o noticias tóxicas para vivir en paz con nosotros mismos; salir del ruido que genera confusión y nos atormenta; guardar silencio para escuchar la voz de Dios; apagar todos los instrumentos electrónicos que generan dependencia, etc.
Recordamos que escuchar supone obedecer; tienen el mismo origen etimológico. Con frecuencia pedimos demasiadas explicaciones y lo verdaderamente importante es ponerse en acción, obedeciendo, siendo dóciles. Entonces terminamos comprendiendo y reconocemos que nos hemos superado, que alcanzamos el bien.

Reside en la nariz, por donde respiramos y vivimos; pero también hace referencia a la humildad de sabernos y reconocernos débiles, para así orientarnos hacia Dios. El olfato espiritual nos lleva a la oración.
A su vez, nuestra presencia puede generar un clima agradable donde los otros se sientan seguros, por nuestra forma de expresarnos y porque apreciamos lo bueno de los demás.
También se hace necesaria la higiene personal y del entorno. Cultivar hábitos de orden y limpieza hace que estemos reconciliados con nosotros mismos. En la medida en que descuidamos el cuidado personal, también descuidamos las relaciones sociales: los otros dejan de importarnos.
Comer es una necesidad vital, pero con suma facilidad caemos en la gula. Comer con moderación también nos ayuda a encontrarnos con los demás. La mesa es un ámbito de convivencia; entonces, el fin principal no es la comida.
No debemos comer hasta “reventar”, pues afecta nuestra salud y nos incapacita para estar disponibles para los demás.
El alcohol no puede ser un medio de evasión de la propia realidad. Se puede celebrar de muchas formas sin perder la dignidad humana. Sí debemos comer lo necesario, sin dejarnos llevar por la dictadura de la imagen social que tratan de imponernos.
El sentido del gusto también lo desarrollamos cuidando el clima de amistad o espiritual. Cuando estamos bien, en paz con los demás, decimos: “¡Qué a gusto se está aquí!”. Las relaciones fraternas nos ayudan a relajarnos y a ser nosotros mismos, sin ser juzgados.
Estamos tentados de buscar nuevas sensaciones que sean placenteras. Nuestro cuerpo es bueno y sagrado, templo del Espíritu Santo; pero no es un objeto de placer o de experimentación.
Es preciso cuidar la intimidad para no ser vulnerables ni invadidos. No debemos tocar o invadir a otra persona, pues puede interpretar ese gesto como una agresión, ya que no conocemos su estado interior ni sus sentimientos.
Es necesario hacer deporte y ejercitar todos los músculos, evitando proyectar la agresividad que llevamos contenida.
El tacto espiritual nos permite estar al lado del otro, sosteniendo, cuidando, ayudando a confiar y a vivir la ternura de la cercanía de quien nos cuida.
Es un sentido interno que nos conduce a ser creativos y a proyectarnos altruistamente hacia adelante, con ideales.
El peligro está en dejarnos llevar por falsos idealismos, sin sustento en la realidad personal; querer ver todas las series o películas, donde entramos en un mundo fantástico, pero irreal, y continuamos alimentando nuestra imaginación con fantasías que nos abstraen, nos anulan y nos aíslan de los demás.
La imaginación puede ayudarnos a contemplar, a meditar y a narrar; pero tiene sus límites éticos. Al traspasarlos, nos hacemos daño y terminamos dejando de ser dueños de nosotros mismos.
Somos propensos a pensar de forma narcisista y egoísta.
Podemos decir que somos maduros afectivamente cuando estamos pendientes de las personas de nuestro entorno y queremos ayudarlas gratuitamente. Esto se manifiesta en la puntualidad, para no hacer esperar a los demás; en saber preguntar cómo se encuentran; en adelantarnos para hacer un favor sin que nos lo pidan; en usar los criterios propios de la familia o del colegio, sin pretender imponer nuestros gustos, etc.
Las redes sociales les roban a nuestros jóvenes y niños muchas horas de descanso real. Después buscamos hipótesis para explicar la falta de rendimiento, la hiperactividad o la incapacidad para concentrarse, cuando, en muchos casos, simplemente faltan horas de sueño.
La neurociencia nos dice que, cuando dormimos, reordenamos todo lo que se aloja en el cerebro.
En la noche recibimos en el corazón la comunicación de Dios: “Bendeciré al Señor, que me aconseja; hasta de noche me instruye internamente” (Sal 15, 7).
¡Cuántas dificultades, cuando se las entregamos a Dios, al amanecer aparecen resueltas!
Solo cuando ejercemos nuestra libertad alcanzamos la madurez para entregarnos gratuitamente al otro. Entonces podemos decir que hemos madurado afectivamente.
La libertad verdadera es la que nos impulsa al bien. En la medida en que tomamos decisiones que nos degradan, hipotecamos nuestra libertad y nos incapacitamos para amar y ser amados.
La libertad supone esfuerzo y siempre va unida a la responsabilidad.
Continuaremos profundizando este tema…
Hno. Javier Lázaro sc
Como síntesis, compartimos este esquema que nos ayuda a comprender cómo cada sentido puede educarse para vivir según el Corazón de Jesús:

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