El matrimonio es la comunión que hace posible la educación de los niños: hombre y mujer unidos en un proyecto de entrega y acogida mutua generan la cultura del hogar, donde todo contribuye al crecimiento y la alegría.
El compromiso de formar una familia es signo de madurez y respuesta a la vocación más íntima de nuestro ser. Nace de la experiencia de sabernos amados y de la capacidad de corresponder difundiendo el bien. Pero requiere una actitud constante de apertura a la vida y al crecimiento, acogiendo y educando a los hijos.
Vivir en familia es cuidar los detalles de la relación cotidiana. Estamos rodeados de una sociedad que confunde con su diversidad de pensamientos; por eso debemos estar alerta, discernir y seguir el camino de la Verdad.
En una concepción personalista de la educación, la familia participa de las relaciones de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que nos invitan a prolongar su amor infinito. Este principio genera una cultura familiar propia, que resulta incompatible con ciertos modos de pensar que hoy nos desafían:
Consumismo. No somos engranajes de producción. Las cosas son medios, no fines en sí mismos. Eduquemos en la sobriedad y en la libertad de renunciar a deseos que nos esclavizan.
Virtualidad. Las redes sociales pueden aislarnos y empobrecer el corazón. Los niños y jóvenes no deberían dormir con dispositivos en sus habitaciones. Nada reemplaza el gesto humano y amoroso de un padre o una madre que despierta personalmente a sus hijos cada mañana.
Espiritualismo. Algunas prácticas de moda seducen con la promesa de bienestar, pero pueden llevar al individualismo y al vacío. La auténtica espiritualidad es encuentro con Cristo y comunión con los otros, fuente de esperanza y vida eterna.
Erotización. La sexualidad, constitutiva de la persona, debe vivirse con alegría y respeto. Cuando se reduce el cuerpo a objeto de placer, se pierde la capacidad de relación auténtica. La pornografía hiere profundamente el corazón y genera soledad. No podemos ignorar esta realidad.
Profesionalismo. La eficacia y la formación son valiosas, pero cuando el trabajo absorbe todo, se descuida el vínculo familiar. El hogar necesita gestos cotidianos de escucha, tiempo compartido y miradas que cuiden al otro.
La familia y la comunidad se construyen con personas que cambian cada día. Necesitamos sintonizar, prestar atención a quienes nos rodean. Los jóvenes —incluso los más introvertidos— reclaman comunicación profunda con sus padres. No basta con intercambiar opiniones superficiales: debemos aprender a preguntar, escuchar y hacernos cargo de lo que nos dicen.
La familia sigue siendo la primera escuela de amor y esperanza. Es el lugar donde se siembra el ideal de vida y se cultiva la ilusión, sostenida en la fe y en la gracia.
Hno. Javier Lázaro sc
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