La interioridad es la facultad que nos permite poseernos a nosotros mismos y, desde ahí, darnos auténticamente a los demás.
Es un órgano que se desarrolla con la práctica: cuanto más cultivamos la intimidad y los buenos afectos, más crece. Si no la ejercitamos, se debilita y puede desaparecer, dejándonos como mutilados, aunque a simple vista nadie lo note.
Cultivamos la intimidad cuando aprendemos a estar con nosotros mismos, cuando generamos espacios de silencio, agradecemos nuestra historia personal, nos dejamos sorprender por la belleza de la naturaleza, disfrutamos una buena lectura, nos apartamos para rezar o cuando escuchamos verdaderamente al otro.
La interioridad contiene y sostiene nuestra sexualidad en su dimensión afectiva —claramente distinta de la genitalidad—. A diferencia de los animales, somos personas, con capacidad de reflexionar, de pensar sobre nuestras acciones, elegir y renunciar. Por eso:
- Por ser personas, nos habitamos interiormente y podemos ser presencia para los demás: comunicación profunda, relación y comunión. Cuando estamos ausentes de nosotros mismos, se imposibilita el encuentro real con el otro. Esto repercute en el matrimonio, la familia y la educación.
- Estamos llamados a comunicar sentimientos o afectos que broten de un corazón reconciliado y alegre, que el otro pueda interpretar porque está en sintonía con nosotros, nos escucha, nos recibe, busca la belleza interior, es diferente y nos interpela.
- En el cuidado de la intimidad, aprendemos a estar solos, fortaleciendo nuestra identidad individual, nuestra singularidad. Así, no nos “empastamos” con los demás. Nuestras miradas hablan, alientan, comunican el estado interior; nuestras palabras se embellecen con un tono que pacifica; nuestro semblante despierta en otros el deseo de hogar, de armonía, de compartir.
- El exceso de información aturde o impide la intimidad. Por el uso inadecuado de las redes sociales, muchas veces esta se ha anulado, y con ella está desapareciendo la interioridad. Como consecuencia, la sexualidad se reduce a sensaciones de placer, convertida en un fin en sí mismo, que termina generando hastío existencial.
- Las personas nos vestimos porque tenemos interioridad. La ropa no responde solo al equilibrio térmico o a razones estéticas: al proteger nuestro cuerpo de las miradas, reconocemos que la intimidad es un tesoro que necesita ser cuidado.
- El cuerpo vestido es una presencia que se ofrece, que se hace disponible para el servicio. El pudor es una riqueza que descubrimos cuando vivimos amistades profundas y sabemos poner límites a los extraños.
- La piel, el órgano más grande del cuerpo, toma vida cuando cultivamos la interioridad. No puede reducirse a una superficie de terminaciones nerviosas. El buen gusto en el vestir refleja una identidad que no se deja arrastrar por las modas, sino que se guía por convicciones firmes, alejadas de una cultura de consumo que tiende a despersonalizarnos.
- Los afectos del corazón generan un clima interior que se traduce en modales y actitudes hacia el exterior. Por eso, también modelan nuestras posturas corporales y evitan insinuaciones inmaduras. Un corazón sanado y altruista se abre con confianza al servicio de los demás, respetando el «tú» del otro.
- Existe una correlación entre diversos aspectos de la vida interior: entre la intimidad y la sexualidad; los afectos que generamos y los sentimientos que vivimos; las relaciones de entrega y la capacidad de estar a solas; vivir en la verdad y elegir lo bueno; renunciar a ciertos deseos y discernir hacia dónde nos lleva el camino elegido.
- Si vivimos en la superficialidad, no podemos darnos auténticamente. Incluso las relaciones entre el varón y la mujer, en el matrimonio, estarán condenadas al fracaso. Todos necesitamos cuidar nuestro espacio interior, que solo puede abrirse en un marco de confidencialidad y seguridad.
Para estar con los demás, necesitamos llegar con una verdadera presencia: con un corazón unificado, que cultiva el agradecimiento y purifica lo que percibe a través de los sentidos. En la intimidad reconocemos nuestra fragilidad y necesidad de ayuda, y nos abrimos así a la gracia de Dios y a la mano amiga.
Hno. Javier Lázaro sc