La educación persigue los fines más excelsos, fundados en la dignidad de la persona que quiere vivir la plenitud. Conocer esos fines ya es una manera de encaminarnos, de vivir con esperanza y alegría.
Solo en la medida en que somos capaces de ilusionarnos, podemos anticipar el ideal de nuestra vida o proponérselo a nuestros hijos y alumnos. Necesitamos atrevernos a imaginar a los niños con todas sus potencialidades y virtudes por alcanzar.
• La palabra «ilusión»deriva del latín illusio, proveniente de ludus, que significa juego. Felicidad e ilusión forman así un binomio inseparable. Pero, como partimos de la pasión que sentimos por el bien de los niños y jóvenes, también supone padecer: pasión viene de pathos, que es padecimiento. Añoramos algo que todavía no tenemos; nos sentimos indigentes del futuro.
La persona, gracias a su interioridad, puede pasar cada acción por el “laboratorio” de la intimidad, otorgándole un sello distinto al que recibe desde el exterior. Para ello debemos atrevernos a imaginar en positivo y darnos tiempos de silencio. Al principio puede parecer inútil, pero poco a poco todo toma forma, hasta que de repente los frutos aparecen.
• Educar los sentidos interiores es tan necesario como educar los exteriores. A menudo hemos puesto demasiado énfasis en estos últimos y hemos olvidado cultivar la imaginación y lo interior, reduciendo las osibilidades de felicidad que guarda el corazón.
La fe en Dios y en nosotros mismos es el paso previo para que la ilusión pueda nacer y desplegar alas hacia el gozo. Para muchos, creer en una causa es fuente de felicidad. Nosotros creemos que nuestros hijos pueden llegar a lo grande y a lo sublime.
• Es cierto que la ilusión tiene su contracara: el desengaño. No siempre las cosas resultan como previmos, y esto genera temor a imaginar. Pero hay un riesgo más grave: no atreverse a desear. La falta de imaginación encierra y el escepticismo se vuelve rutina en quienes ya no arriesgan.
• Ningún goce es comparable al de ver cumplida una ilusión, porque ya estaba anticipada en el corazón. Esa alegría intensa dura un instante, pero la vida sigue. Por eso necesitamos seguir soñando, seguir ilusionándonos.
La ilusión es la cara positiva de nuestra condición humana, indigente y en camino. El progreso personal y el paso del tiempo nos empujan siempre a ir más lejos. Aunque a algunos padres les cueste aceptar que sus hijos crecen, ese crecimiento es señal de vida y de futuro.
• Ilusión e ideal son dos caras de una misma moneda: la primera más ligada a la emoción, el segundo a la razón. Solo en conjunto alcanzan su plenitud. La pregunta es: ¿puedo formular hoy mi ideal de vida?
Necesitamos seguir cultivando la ilusión para lanzarnos con decisión. La exploración, la curiosidad y el juego florecen cuando disminuye el temor al fracaso. Y la ilusión auténtica no se centra solo en la persona individual, sino que se abre al encuentro y al bien del otro.
Padres y docentes estamos llamados, por vocación, a volcarnos con amor en la formación de hijos y alumnos. Esa entrega ennoblece y da sentido. El amor es la medida de la relación y, al hacerse presente en la ilusión verdadera, se convierte en signo de libertad y compromiso.
Hno. Javier Lázaro sc
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