Juntos damos vida

17 diciembre, 2025

Todos sentimos un llamado a la entrega y a la comunión. Nos realizamos en el encuentro con los otros.

Dios nos llama a ser procreadores: somos sus colaboradores, dando vida con nuevos nacimientos y educando. Esta es la misión propia de los seres humanos, vivida en comunión, y en ella encontramos la felicidad. Los animales solo se reproducen y continúan la especie; no procrean, no tienen libertad, siguen las leyes de la biología.

Nuestro cuerpo, en unión con el espíritu, forma la unidad personal. Recibimos el ser de Dios y, porque nos poseemos, podemos donarnos en la familia y en la comunidad, encontrando así el sentido profundo de la existencia.

1. La familia constituye el ámbito donde se encarnan los valores que dan vida y nos realizan.
En el matrimonio, entre el hombre y la mujer, se viven el perdón, la bondad, la verdad, la solidaridad. Esto supone un estado de conversión, un deseo y una actitud de apertura al crecimiento, asumidos con esfuerzo y alegría.
Se nos pide —y es necesario— dejar la familia de origen para formar una nueva, donde dejamos de ser “consumidores” y pasamos a ser generadores de afectos, de servicio, de escucha, de salida de nosotros mismos. Así nos hacemos capaces de amar.

2. Las necesidades de la sociedad actual son muchísimas, pero la familia es la única que puede responder a lo concreto e íntimo de cada integrante.
La familia nos orienta a salir del narcisismo, a liberarnos de la indiferencia y a comprometer el corazón. El cuidado del otro despierta lo más valioso de nosotros mismos y lo acrecienta.

Vivimos en una sociedad muy compleja, con un avance técnico impresionante, impensado hace algunos años. Sin embargo, niños y jóvenes se sienten cada vez más solos, desorientados, a veces vinculados solo con una mascota o una máquina, sin capacidad de establecer vínculos verdaderos. Lo virtual ha devaluado lo humano y lo personal.
Los jóvenes manifiestan como uno de sus principales problemas la incomunicación: un grito desesperado a padres y educadores para que vayamos a lo profundo y no nos quedemos en lo anecdótico.

Somos testigos de jóvenes incapaces de comprometerse para toda la vida, sin desplegar plenamente sus potencialidades, y que viven en una constante insatisfacción. Vemos niños hiperactivos porque nadie se detiene ante ellos con una mirada cariñosa; jóvenes heridos por la falta de escucha, que buscan compensaciones en el alcohol, la droga, la pornografía, el juego virtual o la agresión.
No somos un engranaje social para el consumismo. No generamos necesidades inexistentes. Es urgente aprender y enseñar a estar con nosotros mismos. ¿Somos capaces de compadecernos? ¿Queremos dar vida?

3. Los niños y jóvenes nos necesitan. No vivimos para nosotros mismos.
Tal vez hemos pensado el futuro como realización profesional, éxito económico o comodidad. Pero la verdadera realización consiste en ayudar a los otros y despertar en ellos el deseo de asumir los valores que no pasan, los eternos y espirituales. Un proyecto de vida centrado solo en uno mismo no realiza. Solo al ayudar a otros somos nuevos cirineos y damos vida.

4. Los niños y jóvenes necesitan testimonios y ejemplos cercanos.
No buscan líderes que proclamen ideologías, sino personas que encarnen virtudes y les muestren el camino verdadero, aunque no siempre sepan expresarlo. Los pequeños llenan nuestro corazón y nos permiten desplegar nuestras cualidades desde lo más hondo.

5. Es preciso renunciar al prestigio personal, a la gloria o a la ganancia.
Los proyectos unipersonales están condenados al fracaso. El crecimiento interior se da en los detalles cotidianos y en el servicio a los otros.
Es necesario generar esperanza y no confiar solo en los medios materiales, aunque sean necesarios. La alegría está al alcance de todos y requiere humildad para vivir la verdad, la bondad, la entrega y el agradecimiento.

Somos creíbles cuando vivimos lo que proclamamos. No debemos quedarnos en la demagogia ni en el simple divertimento.

6. Ante situaciones complejas, siempre es posible generar esperanza.
Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Anunciamos el Reino con convicción, aun en medio de nuestras caídas. Cristo es nuestro referente absoluto: se ha hecho Hombre y camina con nosotros.

7. En la familia y en la comunidad compartimos lo que sentimos.
No vivimos espacios paralelos. El mutismo y el encerrarnos en la actividad ahogan la fuerza del corazón y nos inmaduran afectivamente. El trabajo no es evasión ni compensación. Es necesario integrar todas las dimensiones de la persona.

8. La primera comunicación es la presencia real, no virtual.
Nuestro cuerpo comunica lo que vivimos interiormente. En la presencia acogemos al otro con el corazón, nos dejamos afectar por su dolor y generamos vínculos fraternos. Rezar por quienes nos rodean nos ayuda a salir de la autosuficiencia y a mirar con fe y caridad.

9. Vivimos con la certeza de que la semilla de bondad siempre da fruto.
Sembramos y regamos sin cansarnos, aunque parezca que siempre empezamos de nuevo. En realidad, estamos más cerca de la meta y enriquecidos por el camino recorrido.

10. Necesitamos respuestas con convicción y fundamento; por eso, una formación continua.
El mundo cambia a gran velocidad y exige respuestas profundas. La formación debe abarcar todos los ámbitos, con estudio y objetividad, para comprender al otro y ofrecer una respuesta integradora, acorde a la dignidad infinita de la persona.

Mientras educamos y ayudamos, también crecemos nosotros. No ganamos dinero, pero nos enriquecemos interiormente y alcanzamos una alegría sin límites.


Hno. Javier Lázaro sc