La cultura tecnológica, del consumo y la inmediatez muchas veces nos impide discernir lo que nos hace bien de lo que intoxica el espíritu. Internet ofrece múltiples ventajas y herramientas, aunque también puede alejarnos de nosotros mismos y de la reflexión necesaria para tomar conciencia de nuestras actitudes.
Como educadores —padres y docentes— necesitamos entrenarnos en la escucha paciente de los niños y jóvenes. Solo así podremos reconocer los aciertos y errores en el camino que les proponemos.
La falta de escucha profunda, con preguntas que inviten a ahondar en lo que sienten, es signo de superficialidad y falta de compromiso. Quien escucha da tiempo, ayuda a expresarse y acoge al otro tal como es. Así nuestros hijos y alumnos se sienten queridos y fortalecen su confianza, porque saben que están sostenidos por brazos afectivos.
Los adultos también necesitamos ser escuchados. A veces nos cerramos por experiencias dolorosas o por miedo al juicio. Cuando encontramos una mirada fraterna y un clima de confidencialidad, renace lo espiritual y lo eterno, y podemos sanar heridas para volver a dar vida a los demás.
Cada persona es única e irrepetible; evitemos comparaciones. Dios fue totalmente original al crearnos. Desde esa mirada amorosa, podemos acompañar a los niños y jóvenes: ellos no esperan padres perfectos ni docentes brillantes, sino personas auténticas, que crecen desde adentro con confianza y alegría.
Hno. Javier Lázaro sc
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