Al elegir estos valores trabajamos todos. Pues cuando crecemos en unos, se despliegan los demás.
Y aunque hablamos de valores en un lenguaje coloquial, en realidad nos proponemos conquistar virtudes: hábitos buenos que nos equipan como personas, nos fortalecen, y nos dan la libertad necesaria para educarnos, crecer y ser felices.
Alcanzar virtudes requiere:
> Intencionalidad, fijar como objetivo lo que es racionalmente bueno.
> Esfuerzo, mediante la repetición, constancia y voluntad.
> Inspiración, viviendo en una atmósfera de ideales que nos impulsen a lo grande.
Ser exigentes, con nosotros mismos y con quienes educamos como padres y docentes, es un camino de crecimiento que conduce, a mediano plazo, a la alegría. En cambio, el “dejar hacer”, la indiferencia y la falta de metas claras son formas de abandono que generan tristeza y desesperanza.
Tradicionalmente, las virtudes cardinales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— han sido la brújula que orienta la vida humana. A estas, se suman las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad—, que nos elevan como hijos de Dios.
Estas y todas las virtudes siguen siendo necesarias incluso en la era de la inteligencia artificial. Por eso, como todos los años, en 2025 nos enfocaremos en tres de ellas:
Hno. Javier Lázaro sc.
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