Lectura: “Jesús dijo: «Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?» (…) «¿No está escrito en la Ley: -Yo dije: Ustedes son dioses-? Si la Ley llama dioses a los que Dios dirigió su Palabra –y la Escritura no puede ser anulada–»“. (Jn 10, 31-33)
Meditación:
Lo que más nos engrandece como personas es ser hijos de Dios. Nos da identidad, nos hace caminar hacia Él, queremos actuar con su bondad, nos hace ciudadanos del cielo, colma nuestra esperanza, nos llena de vida del Espíritu. Ser hijos del Padre, no significa que seamos Dios; esta es la tentación constante, buscar nuestra independencia. Al perder la vinculación perdemos la Vida.
A Jesús lo quieren apedrear y luego lo crucificaron porque es el Hijo de Dios. En este sentido, esta dignidad que hemos recibido, va a generar mucha violencia y también nos perseguirán. El sabernos hijos del Padre nos da un modo de actuar, que nos distancia del mundo.
Al escuchar, recibir la Palabra de Dios, ya vivimos la filiación divina. Esto supone atención, compromiso, entrega, deseo de agradar al Padre. No escuchamos para hacer un análisis crítico. Acogemos la Palabra para obedecer y seguir en todo su voluntad.
Oración: Señor, abre mi corazón y haz que reciba tu Palabra.
Contemplación:
Trato de definirme comparándome con el mundo… Me olvido que soy hijo de Dios.
«Yo te llevo al Padre si escuchas mi Palabra»
Quiero seguirte y vivir sólo para Ti.
Acción: Vivir la alegría de saberme hijo de Dios.
Hno. Javier Lázaro sc.
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