Lectura: “Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios». (Lc 13, 11-13)
Meditación:
Todos queremos ser felices, pero de una forma mágica, que no existe. La felicidad es fruto de la entrega y el compromiso, de vivir la verdad y el bien, del encuentro y el servicio, de la fe y la caridad, … La felicidad es una consecuencia de un trabajo personal y de la confianza en Dios.
Confundimos alegría y placer. El placer es algo superficial y pasajero. La alegría es interior, duradera y un fruto del encuentro con los otros y con Cristo. Siempre podemos contar con la gracia divina, necesitamos poner el esfuerzo de nuestra parte para que se active en nuestro corazón.
Nuestra vocación es la alegría, el banquete celestial, que empieza ahora, viviendo la fraternidad universal, aunque se concreta con los que tenemos a nuestro lado y son nuestro prójimo. En el Sí a Cristo que nos llama encontramos nuestro tesoro.
Oración: ¡Señor, ayúdame a responder a tu llamada!
Contemplación:
No quiero comprometer mi libertad, pero no hago nada y no soy feliz…
«Yo te llamo, deseo vivir contigo, para que vivas la fraternidad».
Quiero comprometer todo mi ser y anunciar tu Reino.
Acción: Vivir la amistad con Cristo y los otros.
Hno. Javier Lázaro sc.
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