Lectura: “La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre… Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1, 10-12).
Meditación:
El único espejo donde podemos mirar nuestro corazón es en la Palabra; Cristo es la Luz de Dios, que se hace Hombre y nos muestra cuál es el camino de nuestra plenitud, alegría. Cuando buscamos imitar otros modelos exitosos de este mundo, no buscamos la verdad, nos mentimos a nosotros mismos. Sólo Cristo es la Luz y la Verdad.
Creer en Jesús, que viene, es confiar, a pesar de nuestras debilidades e infidelidades. Él es amor y se inclina hacia los más necesitados para hacernos felices. Que nos veamos pecadores, nos avergüenza; pero en forma constante estamos llamados a buscar a Cristo que nos salva.
Cuando nos guiamos por la mirada de la fe, nos sentimos hijos del Padre, que constantemente nos está dando Vida. Más que despertar los sentimientos de culpa, es preciso confiar en forma constante; el Padre siempre es fiel.
Oración: Señor, confío en Ti, porque soy tu hijo y eres mi Padre.
Contemplación:
Me invaden pensamientos… que me llevan a pensar que Dios no me ama, porque soy débil y pecador.
«Yo siempre te quiero, te busco y te abrazo…».
Quiero confiar siempre… Tu me conoces y me llamas…
Acción: Vivenciar y agradecer el amor del Padre.
Hno. Javier Lázaro sc.
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