Lectura: “Un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el herido y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él…»”. (Lc 10, 33-35)
Meditación:
Los samaritanos eran despreciados por los judíos, porque se habían mezclado con otros pueblos… Pero frente al herido, el samaritano es el único que tiene corazón y se detiene para ayudarlo (antes habían pasado otros, pero le ignoraron, porque tenían otros asuntos…). El buen samaritano deja que su corazón se conmueva, se compadezca y se comprometa.
Limpia sus heridas con el aceite de la palabra de consuelo y el vino de la esperanza; lo abraza para subirlo a la cabalgadura, se une a él, asumiendo su problema; camina por él y pide ayuda para que lo cuiden donde él no puede…
Al subirle a su caballo, le reconoce su dignidad de rey y se hace su servidor… El samaritano establece un vínculo fraterno; despliega su capacidad de amar en lo concreto … Cristo es nuestro Buen Samaritano, y nos llama a actuar de la misma manera…
Oración: ¡Señor, dame un corazón compasivo, que genere fraternidad!
Contemplación:
Tengo mis planes y no veo a quien está en mi camino necesitado…
«Yo sí te miro, te abrazo y te llevo a la casa del Padre…».
Quiero ver a los otros como hermanos y ayudarlos.
Acción: Estar atento a los otros.
Hno. Javier Lázaro sc.
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