Lectura: “Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos. Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 11, 35-36).
Meditación:
Estamos muy acostumbrados al trueque; “te doy si me das”. Pero Jesús nos habla de darnos gratuitamente, sin exigir nada; lo lleva al plano material y también al afectivo. Por esto nos pide que amemos a los enemigos, a los que buscan nuestro mal. Hacer el bien a todos nos libera interiormente; perdonar (aunque no nos pidan disculpas) nos hace hijos del Padre, nos permite parecernos a Él, que es misericordioso.
Agradecer y celebrar el bien que hacen los otros, también nos ayuda a gustar los bienes espirituales y eternos. Es una forma de reconocer que somos peregrinos hacia la eternidad, donde estamos llamados a vivir la fraternidad y la bondad infinita de Dios.
Nuestra recompensa está en el cielo; el Padre ve nuestro corazón, las intenciones más profundas y nos premiará. En la medida que somos mendigos de afectos de los otros, siempre nos sentiremos en déficit. Nos convertimos en torrentes de “agua vida” cuando nos damos.
Oración: Señor, dame un corazón generoso, que me dé gratuitamente.
Contemplación:
Busco sentirme bien y solo busco situaciones de complacencia…
«Yo cargo tu Cruz, es preciso que tú ayudes a tu prójimo generosamente».
Quiero vivir para Ti, sirviendo a los otros. Solo soy tuyo.
Acción: Servir gratuitamente a los otros.
Hno. Javier Lázaro sc.
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