Lectura: ««¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes? Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de: “Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado»». (Lc 7, 31-32)
Meditación:
Jesús nos alerta sobre la tibieza, la indiferencia y la acedia. Hemos podido dejar que nuestro corazón se duerma y ya no guste los dones que proceden del Espíritu. El materialismo y el hedonismo, han podido apagar el deseo de amar, de encuentro con los otros, sentimos apatía hacia lo sublime, lo grande, lo bello… Hemos llegado a este estado por la falta de gimnasia del corazón.
En forma constante necesitamos ejercitarnos en el agradecimiento y la alabanza; aprender a conmovernos ante las mociones que nos llegan al corazón, detenernos ante la belleza de las cosas simples de la creación (una flor, el sol,…) o de las personas (la candidez de un niño, un sincero gracias…).
Cultivar la sensibilidad del corazón nos ayuda a entrar en la amistad con Cristo, que nos llena con su misericordia y la paz de su resurrección. Al vivir estas realidades nos convertimos en sus testigos y podemos despertar a los demás a la alegría.
Oración: ¡Señor, despierta mi corazón, sólo es tuyo!
Contemplación:
Pruebo muchas cosas y todo me deja indiferente. He dejado morir el corazón…
«Yo Soy tu amigo y te llamo a vivir en comunión; te infundo la alegría…».
Quiero despertar mi corazón y vivir para Ti.
Acción: Alegrarme por las cosas simples.
Hno. Javier Lázaro sc.
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