Lectura: “Mientras Jesús hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen»“. (Lc 11, 27-28)
Meditación:
Somos felices porque podemos escuchar la Palabra de Dios y seguirla. Vivimos la alegría de alimentar nuestro corazón con la Palabra y recibir la Luz que nos conduce en el seguimiento de Cristo. Esto supone una mirada de fe y experimentar el gozo de la comunión del Espíritu. Es una vinculación más fuerte que la consanguinidad. Esta relación tiene una proyección eterna.
Esto supone desarrollar la capacidad de escucha, estar en búsqueda de las señales, mociones interiores que vamos recibiendo y que nos hace sentir amados, elegidos, enviados a proclamar el Reino. La Virgen María, antes de ser Madre, es Quien escucha la Palabra y se hace dócil, se desposa con el Espíritu.
Nosotros también participamos de la maternidad-paternidad de la Virgen, cuando por nuestro testimonio proclamamos la Palabra de Dios ante los demás y la vivimos como un regalo, que nos hace sentir enamorados de Cristo. Escuchar supone vivir, obedecer, experimentar la filiación divina que nos lleva a la fraternidad.
Oración: ¡Señor, enséñame a escuchar y guardar tu Palabra!
Contemplación:
Siento mucho ruido y preocupaciones a mi alrededor… Necesito la Luz de tu Palabra.
«Yo Soy la Vida; guarda y proclama mi Palabra, que te hace ser mi hermano».
Quiero recibir tu aliento divino.
Acción: Escuchar la Palabra.
Hno. Javier Lázaro sc.
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