Lectura: “Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma” (Mc 4, 37-39).
Meditación:
Jesús habita en nuestro corazón; pero no anula la libertad, ni nuestra personalidad. Busca la comunión íntima; espera nuestro sí libre y comprometido. Cuando ignoramos al Buen Pastor, algunos pensamientos y sentimientos nos desordenan interiormente, entramos en lucha interior, pues se quieren imponer deseos que nos llevan a la muerte espiritual.
Cristo sigue en nuestro interior, hace falta que le demos participación en los proyectos o mejor que asumamos su propuesta para ser felices. Cuando entramos en diálogo personal con Él, nos muestra la Luz, se convierte en el Camino, nos da la paz que anhelamos y que podemos acrecentar compartiéndola con los otros.
A Jesús le importa todo lo que nos ocurre; es Dios y Hombre; comprende todo, sufre a nuestro lado, sólo nos pide que confiemos. Todas las tormentas, dificultades, se pueden convertir en fuente de gracia, en la medida que vivimos en comunión con Él.
Oración: Señor, eres el Capitán de mi Corazón, en Ti confío.
Contemplación:
Siento la división interior…me siento tironeado por deseos desordenados…
«Yo Soy tu Paz; te doy el Espíritu, para que vivamos en comunión».
Confío en Ti. Toma las riendas de mi vida.
Acción: Profundizar el diálogo con Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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