Lectura: “Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. …. Nadie puede meterse en casa de un hombre fuerte … En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás” (Mc 3, 24-29).
Meditación:
Es fácil poner en evidencia las diferencias tratando de sobresalir ante los demás. Pero nuestra vocación es la unidad, es buscar los puntos de encuentro con los otros, para caminar juntos sin perder la identidad personal. Necesitamos caminar como hermanos, pues todos estamos llamados al encuentro definitivo con el Padre del cielo.
Es preciso estar atentos a las tentaciones que sólo traen divisiones y peleas; renunciar a querer razón es una forma de escuchar desde el interior, es acoger al otro tal como es. Siempre buscamos la verdad, pero cada uno tenemos nuestra historia y necesitamos sanar las heridas del pasado.
No somos autosuficientes; necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. La soberbia nos hace creer que podemos prescindir de Dios; por eso no se pueden perdonar los pecados cuando no creemos en la misericordia divina. La humildad nos permite abrir el corazón al perdón y vivir en comunión.
Oración: Señor, eres mi paz, unifica mi corazón.
Contemplación:
Me creo mejor que los demás y me lleno de soberbia… que me lleva a vivir en soledad.
«Yo Soy Amor; me quiero entregar a ti».
Dame un corazón humilde que pueda vivir en comunión.
Acción: Buscar la unidad con todos.
Hno. Javier Lázaro sc.
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