Lectura: “«¿Qué signos nos muestras para obrar así?». Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron” (Jn 2, 18-22).
Meditación:
El templo de Jerusalén era para los judíos la referencia de unidad y de la presencia de Dios. Con la llegada de Cristo, el único Templo es Cristo. Nos acoge en su Corazón y nos llena de su Vida divina. Cristo con su muerte y resurrección es la referencia absoluta.
La basílica de San Juan de Letrán en Roma, es la primera iglesia (como edificio) que se eligió como la madre de todas las demás parroquias o capillas en el mundo. Pero en realidad, es el símbolo de que cada uno somos templos de Dios. Nuestro corazón es su morada.
Cristo al resucitar, nos hace nuevas criaturas; nos injerta en su Cuerpo, nos hace nacer de nuevo. Recibimos su Vida divina. Esto supone que estamos llamados a cuidar nuestro cuerpo, pues también está llamado a gozar eternamente en el Banquete Celestial.
Oración: Señor, gracias porque has elegido mi corazón como tu morada.
Contemplación:
Trato de dar una imagen hacia fuera… estoy dependiendo de la aprobación de los otros.
«Yo vivo en tu corazón y te embellezco, te santifico con mi presencia».
Quiero vivir en una comunión profunda…
Acción: Dialogar con Cristo que me habita.
Hno. Javier Lázaro sc.
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