Lectura: “Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección” (Lc 20, 34-36).
Meditación:
Nuestra vida pertenece completamente a Cristo. Pero mientras vivimos en la tierra, algunos expresan su entrega a Dios a través del sacramento del matrimonio; responden a la vocación de amar a través de la entrega a la esposa o al esposo, formando una familia, hasta que la muerte los separe.
Por el bautismo estamos desposados con Cristo eternamente. Sólo le pertenecemos a Él y servimos a los otros por Él. El vínculo infinitamente más fuerte es que somos hijos de Dios y por tanto hermanos entre nosotros. Esta realidad es perpetua, no está sujeta al tiempo.
El Padre nos espera en el cielo; unidos a Cristo entramos como hijos amados. Estamos llamados a resucitar. Nos salvamos como personas, en cuerpo y alma. Jesús resucitará nuestro cuerpo, lo hará glorioso para que vivamos eternamente la filiación y la fraternidad.
Oración: Señor, gracias porque me llamas a estar junto a Ti.
Contemplación:
Estoy muy ocupado en las cosas pasajeras y me olvido del cielo.
«Yo Soy la resurrección y la vida… confía, te espero».
Quiero vivir siempre en tu presencia alabando tu Nombre.
Acción: Despertar el anhelo de vivir con Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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