Lectura: “Pedro dijo a Jesús: «¡Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas…». El no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo»». (Lc 9, 33-35)
Meditación:
Jesús sube a la montaña con tres de sus discípulos y por un instante se deja ver transfigurado, muestra en parte la belleza de su divinidad y quedan sorprendidos. Por eso Pedro quiere quedarse ahí, aunque sólo es un anticipo de la resurrección y la vida del cielo.
En ese momento se hacen presentes mediante signos: el Espíritu Santo en la nube y el Padre en la Palabra que nos dice que Jesús es el amado y enviado, que lo escuchemos. Cada vez que nos encontramos con Cristo, nos unimos al Padre, al Espíritu Santo y a todos los santos, estamos en familia.
Esta vivencia nos la ofrece a todos, pero nos exige salir de nosotros mismos, ascender a los grandes ideales, escuchar, guardar silencio, reconocer una presencia, dejar que el corazón se alegre, aspirar a lo eterno, dejar que la amistad de Cristo se imprima en nuestro corazón.
Oración: Señor, haz que busque el encuentro personal contigo.
Contemplación:
A veces estoy árido o seco, no me esfuerzo por ir a tu Encuentro…
«Yo te espero, te doy la alegría de mi amistad…».
Quiero que desbordes mi corazón con tu Presencia…
Acción: Buscar tiempo de soledad con Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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