Lectura: “No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Di una palabra y mi criado quedará sano»”. (Lc 7, 6-7)
Meditación:
El centurión, un soldado romano, que no tiene una identidad religiosa, no lo sabe explicar, pero percibe algo sublime y divino en Jesús, por eso no se atreve a acercarse; aunque tiene el poder no se cree digno de hablarle para pedirle que cure a su criado. Sólo cuando ve a Cristo en la Cruz, puede decir “verdaderamente es el Hijo de Dios”.
El centurión es humilde y reconoce la divinidad de Jesús en su máxima humildad, cuando lo ve morir como un malhechor por nuestro amor. El centurión envía a sus amigos para hablarle; nuestros amigos-virtudes son: la oración, la escucha, la humildad, la confianza, la compasión,…
Tiene una confianza absoluta en su Palabra; identifica el poder de la Palabra con Cristo. Estamos llamados a conmovernos o estremecernos interiormente cada vez que escuchamos la Palabra de Dios, pues es Cristo, Palabra del Padre, que llena nuestro corazón y nos fecunda por el Espíritu.
Oración: Señor, haz que escuche tu Palabra y la guarde en mi corazón.
Contemplación:
Me rodeo de ruidos, que me impiden escuchar la Palabra de Dios…
«Yo Soy la Palabra, te doy Vida, te ilumino el Camino».
Quiero escuchar tu voz y seguirte con determinación.
Acción: Alimentarme cada día con la Palabra.
Hno. Javier Lázaro sc.
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