Lectura: “En la sinagoga había un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo. Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y ponte ahí en medio». … dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida” (Mc 3, 1-3.5).
Meditación:
Jesús va a la sinagoga para hacer oración al Padre en comunidad, pero está atento a las necesidades de las personas que lo rodean. Ignora las intenciones de los que quieren ponerlo a prueba o criticarlo. Él realiza el bien que está a su alcance en ese momento, pone en el centro al hombre disminuido y lo cura.
La mano paralizada es signo de la incapacidad para hacer el bien; que en realidad son todos los que observan a Jesús con malicia. Él sana los corazones para que podamos alegrarnos por todo lo bueno que ocurre a nuestro alrededor y libera nuestra lengua para que agradezcamos y alabemos a Dios.
En la sinagoga o en nuestras capillas, se recitan los salmos o se proclama la Palabra, para sembrar esperanza al recordar las maravillas de Dios, que se actualizan aquí y ahora en nosotros; así nos libra de las parálisis del corazón.
Oración: Señor, haz que me alegre por todo lo bueno que haces.
Contemplación:
Con facilidad me domina la envidia… y me entristezco ante el bien que hacen
«Yo Soy la fuente de todo bien… deseo que participes».
Libera mi corazón para la alegría.
Acción: Expresar lo bueno de los otros.
Hno. Javier Lázaro sc.
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