Lectura:
«Todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios».
(Jn 13, 11-13)
Meditación:
Recibir a Cristo, dejar que nos habite en el corazón, hace que empecemos a confiar, que vivamos en su presencia; supone que acogemos sus dones. Todo lo que vive Cristo, en buena medida se realiza en nosotros y por tanto nos alegramos que nos haga hijos del Padre. Es el Espíritu Santo quien nos da nueva Vida y realiza una nueva creación.
Agradecemos a nuestros padres la vida biológica y todo lo que han hecho o hacen por nosotros; su forma de ser nos sigue configurando en el día a día. Pero, infinitamente más agradecidos estamos al Espíritu que nos abre a la filiación con el Padre, que nos ha engendrado según Dios.
Vivenciamos la alegría de María que, al hacerse la esclava del Señor, deja obrar al Espíritu y nos regala a Jesús, para que sea nuestro hermano. Sigue siempre Virgen, pues su Corazón está orientado totalmente hacia Dios; así también se convierte en nuestra Madre.
Oración: Señor, haz que me deje transformar por el Espíritu.
Contemplación:
Estoy encerrado en mi “yo” personal; no puedo crecer espiritualmente y vivir en la alegría.
«Yo te infundo el Espíritu, eres el hijo del Padre».
Quiero ser dócil y vivir solo para Ti.
Acción: Orientar mi corazón a Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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