Lectura: “Algunos querían detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él. Los guardias fueron a ver a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: «¿Por qué no lo trajeron?». Ellos respondieron: «Nadie habló jamás como este hombre»”. (Jn 7, 44-46)
Meditación:
Jesús está en el templo de Jerusalén, celebrando una de las fiestas judías más importantes, la de las tiendas; recordatorio de los años que vivieron en el desierto. Le escucha mucha gente e incomoda a las autoridades, por eso envían a los guardias a llevarlo preso… Pero los mismos soldados quedan admirados al escuchar lo que dice y no lo tocan… le dejan que siga hablando.
Escuchar a Jesús nos llena de paz, pues su Palabra está llena de Vida, que nos fortalece y da sentido a la vida. Él se dirige a los sencillos o a los humildes que pueden escuchar y acogerlo en el corazón. Su Palabra unifica el corazón y genera comunión entre todos nosotros.
La Palabra de Dios no se agota, ni se gasta; cada vez que la pasamos por el corazón nos ilumina y nos transforma. Esto nos exige darle la primacía en los pensamientos y evitando el embotamiento por la superficialidad de las noticias superficiales.
Oración: Señor, haz que mi corazón guarde tu Palabra.
Contemplación:
Sigo modas y noticias que apartan mi corazón de tu presencia y hacen que me sienta triste.
«Yo Soy la Vida, en mi Palabra te doy mi aliento divino».
Quiero escuchar y guardar tu Palabra.
Acción: Rumiar la Palabra en mi corazón.
Hno. Javier Lázaro sc.
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