Lectura: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos»”. (Mt 4,16-17)
Meditación:
Desde la caída en el pecado, el hombre está desorientado, pues se esconde de la presencia de Dios, que es la Luz. Lo que nos engrandece y embellece el corazón, es su amistad. El mal uso de la libertad, el intento de ser como dioses, totalmente independientes, nos lleva a la esclavitud de nosotros mismos y a la guerra con los otros. Sólo, con la venida de Cristo, haciéndose Hombre, se enciende la esperanza.
Jesús es el nuevo y definitivo Adán. Con su obediencia al Padre nos hace herederos de la Vida eterna y nos infunde la gracia divina. Cristo es la LUZ, que nos señala el CAMINO; que se hace nuestro HERMANO; no viene a confrontarnos, sólo quiere acompañarnos y salvarnos.
Pero se necesita la conversión personal, un gesto de libertad, donde orientemos el corazón nuevamente hacia Dios. En la relación de filiación con el Padre, vivimos la fraternidad y nos sentimos animados por el Espíritu; así, morimos al egoísmo y al pecado.
Oración: Señor, haz que te busque y te siga con determinación.
Contemplación:
Busco sensaciones inmediatas,… pero no están iluminadas por la fe y el bien…
«Yo Soy el Camino y la Luz… necesitas identificarte con mi Corazón…».
Quiero seguirte y asumir tus sentimientos.
Acción: Mirar sólo a Cristo y seguirle.
Hno. Javier Lázaro sc.
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