Lectura: “Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos” (Lc 19, 41-42).
Meditación:
El proyecto de Dios es que seamos felices, eligiendo el bien en todo momento, como participación de la bondad divina. Pero usamos mal la libertad buscando la satisfacción personal en forma inmediata. La alegría es un fruto, una consecuencia del bien obrar. Nosotros quedamos deslumbrados por el placer y olvidamos que nos realizamos en la entrega total y absoluta, que supone el olvido de nosotros mismos.
Jesús ve la ciudad de Jerusalén, donde Dios había puesto su morada en medio del pueblo. Pero en lugar de corresponder con obras buenas, santas, se ha prostituido adorando a otros dioses, poniendo su seguridad en las cosas materiales o haciendo alianzas con el pecado.
Cristo es nuestra paz, pero por la fe y la caridad, es preciso que reine en nuestro corazón. Él nos quiere colmar de bendiciones, pero es necesario que nos abramos a su Reino y dejemos las obras que nos dividen. Las modas o lo que hace todo el mundo nos arrastra y despersonaliza. Sólo Jesús nos da la alegría.
Oración: Señor, haz que te reciba en mi corazón y te deje reinar.
Contemplación:
Busco el agrado personal y me olvido el fin último, vivir eternamente…
«Yo te doy la Vida… acoge el don del Espíritu».
Quiero llorar por no corresponder a tu amor.
Acción: Ser agradecido por el llamado de Jesús.
Hno. Javier Lázaro sc.
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