Lectura: “«Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos” (Mc 10, 14-16).
Meditación:
Jesús nos llama a cuidar a los niños y a los débiles. Con facilidad les proponemos cosas que les apartan del fin. Todos sentimos un profundo deseo de vivir en fraternidad para salir de la soledad y vivimos con el anhelo de lo eterno. Pero por un falso amor les proponemos cosas inmediatas, sensibles, espejismos… que los aparta de lo bueno, de lo verdadero y definitivo.
Como educadores o discípulos de Cristo, es preciso que no perdamos el fin, la meta del cielo. Proponiendo o haciendo cosas sólo en el plano de lo emocional, del momento, les introducimos en una adicción, que pervierte su corazón, los aparta de lo grande y sublime.
Los niños y jóvenes nos reclaman que les anunciemos a Cristo, con nuestro estilo de vida y presentándoles su Palabra; por supuesto adaptada a su comprensión, pero sin rebajar las exigencias y haciéndoles sentir que son amados por Dios eternamente.
Oración: Señor, haz que viva y anuncie tu Reino a los niños.
Contemplación:
Con frecuencia opaco o disimulo la centralidad de tu presencia en mi vida y confundo a los niños.
«Yo Soy la Verdad, te amo hasta dar la Vida».
Quiero corresponder a tu entrega.
Acción: Vivir radicalmente el Evangelio.
Hno. Javier Lázaro sc.
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