Lectura: “Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?»… «No», le dijo Pedro, «¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!»” (Jn 13, 7-9).
Meditación:
Todos necesitamos que nos alcance la misericordia de Dios. Cuando nos cerramos en nuestra autosuficiencia, quedamos en nuestra miseria. Sólo Cristo nos hace nacer de nuevo al recibir el bautismo o en el arrepentimiento de nuestros pecados con el sacramento de la confesión.
Es Jesús el que se inclina para lavarnos, se hace nuestro esclavo para darnos la libertad. Es preciso cultivar en forma constante la humildad, para que nos dejemos tocar compasivamente y nos eleve a la dignidad de hijos del Padre. Cristo, que es Dios, nos lava; su humildad nos injerta a su Cuerpo.
Pero también es un llamado a servir gratuitamente, a darnos a los más necesitados. El servicio a los otros nos libera de la soberbia de creernos mejores o superiores. Necesitamos vivir en actitud constante de conversión y que nos inclinemos compasivamente hacia los otros.
Oración: Señor, lávame para que viva la fraternidad.
Contemplación:
La autosuficiencia y el orgullo, me impiden vivir la comunión con los otros y con Cristo.
«Yo Soy tu servidor, te doy un corazón nuevo, que sea servidor de todos».
«Quiero vivir en humildad y acoger tu misericordia».
Acción: Ayudar a los demás con humildad.
Hno. Javier Lázaro sc.
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