Lectura: “Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden! Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos” (Mt 7, 11-12).
Meditación:
Jesús, se siente amado eternamente por el Padre; por esto nos da la certeza de que también somos amados. Su Palabra está fecundada por la vivencia de su Corazón, donde nos lleva como hermanos. Nos pide que nos dirijamos al Padre cariñosamente y confiadamente, pues está deseoso de expresarnos su ternura.
Y aunque no le pidamos nada al Padre, se ocupa de que estemos bien; pero en este caso no nos sentimos amados y buscamos compensaciones en las cosas pasajeras. El pedir, nos permite entrar en confianza, reconocer todo lo que nos está dando, y nos conduce a agradecer por la sobreabundancia de su amor.
En la medida que vivimos esta relación filial con el Padre, también vamos a vivir la fraternidad con el prójimo. Si buscamos que Cristo elija nuestro corazón como su morada, también podemos acoger a los otros, buscando su bien. Esta unidad con Cristo nos sana del resentimiento y la envidia.
Oración: Señor, llévame al Padre y haz que reciba a los otros como hermanos.
Contemplación:
Busco mi interés y siempre me siento en déficit afectivo…
«Yo te llevo al Padre, entrégate confiadamente y gusta su amor».
Quiero vivir en tu Corazón y buscar el bien.
Acción: Agradecer el cuidado amoroso del Padre.
Hno. Javier Lázaro sc.
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