Lectura: “Corría Pedro y Juan juntos, pero Juan corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro… Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó”. (Jn 20, 4-8)
Meditación:
Todos somos atraídos por Cristo; su propuesta no deja indiferente a nadie en su sano juicio; aunque muchos por orgullo tratan de ignorarlo… Precisamos encontrarnos con Jesús resucitado. Pedro y Juan, llegan al sepulcro, cavado sobre piedra (un hecho definitivo) y entonces creen en Él. Aunque habían estado compartiendo su vida durante tres años, sólo el encuentro con el Resucitado nos transforma.
La vivencia de cada uno es diferente; pues Dios nos ha creado con una identidad única e irrepetible; entonces busca una relación personal. La comunión con Cristo nos configura interiormente con las virtudes de su Corazón, respetando nuestra personalidad.
Juan llega primero al sepulcro, va guiado por el amor, contempla y cree. Necesitamos detenernos a contemplar al Niño Jesús recostado en un pesebre (una cavidad en la roca) donde se echaba la comida a las ovejas; ahora en la resurrección Cristo es nuestra comida.
Oración: Señor, quiero adorarte como Niño y Resucitado.
Contemplación:
Busco experiencias superficiales y del momento… pero nada llena mi corazón.
«Yo Soy la Resurrección y la Vida, deseo nacer en ti y abrazarte resucitado».
Quiero ser tuyo, te entrego todo, lléname con tu Presencia.
Acción: Contemplar a Cristo y dejar que me configure.
Hno. Javier Lázaro sc.
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