Lectura: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar” (Lc 24, 5-8).
Meditación:
Las mujeres el domingo de madrugada van al sepulcro de Jesús, pero está vacío. Se han olvidado que les había dicho que resucitaría al tercer día. Jesús se solidariza con cada persona, está a nuestro lado y también muere; pasa a la pasividad total. Solo confía en el Padre que le devuelva a la Vida. Lo resucita y lo hace juez de vivos y muertos.
En esta vida somos peregrinos hacia la casa del Padre. Caminamos, solo en Él podemos descansar. Cristo ha resucitado y ahora quiere darnos la Vida definitiva. Es preciso identificarnos con Él por la caridad hacia el prójimo. Solo entonces nos hace pasar al gozo eterno.
La muerte, cuando Dios lo decida, es necesaria para que se dé esta transformación. Cristo salva a la persona, al cuerpo y al alma. Somos ciudadanos del cielo; nuestro destino es el banquete celestial. Estamos llamados a poner la mirada en las realidades eternas.
Oración: Señor, quiero ser tuyo ahora y en la eternidad.
Contemplación:
Estoy tan ocupado en mis asuntos… que me olvido hacia dónde voy.
«Yo Soy Resurrección y Vida… ven hacia Mí… confía».
Quiero vivir en tu amistad … me entrego por entero a Ti… Recíbeme.
Acción: Despertar el deseo de estar eternamente con Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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