Lectura: “«Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos. Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados;…»” (Lc 6, 35-37).
Meditación:
Nos realizamos como personas en la medida que amamos, que buscamos el bien del otro sin poner condiciones, gratuitamente. Cuando amamos a los otros, entonces ya nos queremos a nosotros mismos y unificamos el corazón. Con frecuencia las relaciones interpersonales se reducen a cuidar los intereses propios; esto es consecuencia de la inmadurez afectiva y de la inseguridad personal.
Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios; pero vivenciamos esta identidad cuando amamos y somos misericordiosos con los demás. Jesús no quiso llamar la atención con sus milagros (pedía que no se lo digan a nadie), pero si se hace Hombre para amar hasta derramar su Sangre.
Consecuencia del pecado se ha instalado el egoísmo; nos vamos liberando cuando elegimos amar y entonces descubrimos el ADN de que somos hijos del Padre. Acoger al otro tal como es, sin juzgarlo, es condición para vivir en fraternidad y relación esponsal.
Oración: Señor, sana mi corazón y dame la determinación de amar.
Contemplación:
La tendencia habitual es quejarme de lo que el otro no hace o cómo lo hace…
«Yo te amo tal como eres… busca el bien de todos».
Quiero amar gratuitamente.
Acción: Buscar el bien del otro sin poner condiciones.
Hno. Javier Lázaro sc.
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