Lectura: “Se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio” (Mc 1, 40-42).
Meditación:
Jesús, que es Dios, tiene todo poder, pero nos espera y respeta nuestra libertad. No se impone; sólo cuando el leproso se acerca con humildad, arrodillándose y con fe le pide que, si es conveniente, le cure. El leproso va con fe, con la certeza de que lo puede curar: “si quieres”. Pero el leproso también se inclina con todo su poder frente a Dios: “la humildad”. No exige nada, sólo expone su necesidad.
Ante nuestra sencillez y pobreza, Dios se abaja, Jesús se compadece, no se mantiene indiferente ante el dolor. Aunque no lo hubiese curado, el gesto de Jesús de permitir que se acerque, que lo reconozca como hermano, como persona amada, ya es una vivencia sanadora.
La compasión, Jesús la experimenta en su corazón, en lo más íntimo de su ser; genera un vínculo de paternidad-maternidad espirituales. Queda unido para siempre, en comunión. Y el leproso que había sido excluido socialmente, ahora se siente elegido, sanado afectivamente, experimenta que es morada de Dios y salvado integralmente.
Oración: Señor, soy pecador, sáname, dame un corazón nuevo.
Contemplación:
Aunque tengo heridas, me creo autosuficiente… me falta humildad…
«Yo Soy compasivo, déjame que te toque y te cure; soy Dios y tu hermano».
Despliega todo tu poder y compasión, sáname, necesito tu ayuda.
Acción: Acercarme con humildad a la misericordia divina.
Hno. Javier Lázaro sc.
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