Lectura: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno”. (Jn 17, 21-22)
Meditación:
La unidad es un don de Dios; no depende de simpatías o de que todos pensemos igual. Es Cristo quien nos reúne con su amor. Sólo necesitamos acoger su misericordia, celebrar en la vida que participamos de la vida divina, que somos hijos del Padre, hermanos de Jesús y acreedores del impulso del Espíritu para vivir la comunión entre todos.
Estamos llamados a despertar la mirada de la fe y confiar. Somos peregrinos, ya en cierto modo, hemos alcanzado la meta del banquete celestial, ahora ya participamos en esperanza. Cuando perdemos la mirada de la fe, nos dividimos peleados por las cosas materiales o buscando que los otros nos tributen gloria.
Cristo nos ha injertado en su Cuerpo, pero ahora es preciso corresponder anunciando su Reino a todos. Recibimos la Vida divina, ahora ya nos entregamos al Padre poniendo los afectos del corazón en cada actividad que realizamos y trabajando en su Nombre.
Oración: Señor, unifica mi corazón y haz que viva la fraternidad.
Contemplación:
Busco mi identidad, pero sólo la encuentro viviendo la filiación y la fraternidad…
«Yo Soy uno con el Padre, deseo vivir en tu amistad…».
Quiero que vivas en mi corazón y yo en Ti.
Acción: Tender puentes de unidad con todos.
Hno. Javier Lázaro sc.
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