Lectura: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos»” (Mt 4,16-17).
Meditación:
Aunque tengamos muchas luces artificiales de noche, ninguna, ni la suma de todas, es igual al sol del día. Del mismo modo, podemos buscar muchas ideas, pensamientos, modas, inteligencia artificial… pero si nos falta la Luz que procede Cristo estamos en la oscuridad. Sólo Él nos ilumina el Camino, nos muestra la perspectiva de la vida eterna, nos comunica su amor infinito, quiere nuestra amistad en forma gratuita, para que seamos felices.
Jesús se compadece de la gente del pueblo; aunque han tenido muchos reyes, ninguno les ofrece un destino cierto, sólo viven el momento. Cristo viene a ofrecernos la salvación, la sanación de las heridas del corazón, la alegría de su amistad.
Nos pide conversión, que nos orientemos hacia Él; pues siempre respeta nuestra libertad. Está a nuestra puerta y llama, está en nosotros en dejarle pasar. Es paciente y manso, insiste todos los días y no se enoja con nuestras eternas postergaciones, pero sufre cuando no puede ayudarnos en la debilidad.
Oración: Señor, ven a mi corazón, Tú eres mi Luz.
Contemplación:
Busco sucedáneos para sentirme bien… pero rechazo tu mirada… no quiero comprometerme…
«Yo Soy tu Luz, deseo expresar mi amor en ti…».
Dispón mi corazón para que viva en tu amistad.
Acción: Vivir en actitud y con hechos de conversión.
Hno. Javier Lázaro sc.
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